Cuando el PNV pactó con los fascistas (1937)

Por F. DE MEER LECHA-MARZO, Profesor de Historia de España. Autor de «El Partido Nacionalista Vasco ante la guerra deEspaña»
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No termino de entender esa obsesión del PNV para que el Congreso de los Diputados apruebe una resolución que condene la rebelión militar y civil del 17 de julio de 1936; hecho —ciertamente— gravísimo y de muy trágicas consecuencias en la historia de España, incluida la historia del País Vasco. Se quebró la continuidad histórica.

Todos los partidos políticos, con larga historia, tienen algún agujero negro. El Partido Nacionalista Vasco, no siempre identificado con los principios de la democracia liberal, no ha pedido perdón por su traición al Gobierno legítimo de la República española, por negociar —a espaldas del Gobierno republicano— un acuerdo con el régimen fascista de Mussolini, entre julio y agosto de 1937. Querían desmarcarse de la guerra de España. El PNV propuso simular una rendición del Cuerpo de Ejército Vasco al Cuerpo de tropas italianas que ayudaban a Franco. Esa capitulación aseguraría a los «gudaris» (soldados nacionalistas vascos católicos) y al resto de unidades del Ejército de Euskadi, la custodia de la Italia fascista y no ser juzgados por los tribunales militares españoles.

Para ilustración de los lectores adjunto uno de los documentos que Alberto de Onaindía y Pantaleón Ramírez de Olano entregaron al conde Ciano, ministro de Exteriores de Mussolini, en nombre del PNV. El documento se encuentra en el Archivo de Asuntos Exteriores de Italia, en el Ufficio Spagna. La referencia a Aguirre se debe a la utilización que Leizalola y Juan Ajuriaguerra —negociadores en Vizcaya y después en Hendaya— hicieron del nombre del lendakari.

Los delegados del PNV en Roma solicitaron a Ciano, el 7 de julio de 1937, que: «De efectuarse la rendición ha de ser precisamente en forma de operación militar, es decir, como resultado de una victoria italiana sobre el campo de batalla, y sin que aparezca en momento alguno, la existencia de negociaciones de carácter diplomático».

La negociación fue larga. Mussolini intercedió ante Franco por medio de un telegrama enviado el siete de julio. El «Duce» se refirió «a los deseos de los vascos para llegar a una completa rendición», y a la petición: \ los prisioneros vascos vengan considerados como prisioneros de las tropas italianas según los usos de la guerra». A cambio de la capitulación de los «gudaris», Onaindía y Ramírez de Olano, ofrecían «la rendición al Comando de las Flechas Negras de todas las fuerzas vascas». Ese particularismo, tan propio del PNV, llevó a los comisionados a apuntar que «\ en cuanto mira a Santander y Asturias, ellos no vislumbran ninguna resistencia organizada si los vascos se rinden».

Llegar a un acuerdo requirió tiempo. El pacto se alcanzó en Hendaya el 22 de agosto de 1937. El 23 de agosto los batallones de «gudaris» se declararon en rebeldía en Santoña y Laredo, y desobedecieron las órdenes —retirada a Asturias— del General Gamir, jefe del Cuerpo de Ejército de Euskadi. Todo terminó en desastre para los «gudaris» y los oficiales y milicianos socialistas, comunistas, etcétera. Los oficiales de los batallones de «gudaris» no pudieron cumplir las condiciones de los italianos para la rendición. Y el mando militar italiano ante las órdenes de Franco, General Jefe del Ejército de Operaciones, consideró que la capitulación era «sin condiciones».

La razón del retraso en la rendición fue consecuencia a la actitud del lendakari Aguirre, que Onaindía resumió en «\ una voluntad bien clara del presidente del Gobierno de Euskadi, señor Aguirre, de no llevar a cabo la rendición, sino servirse del diálogo con los italianos para lograr la evacuación de las tropas de Santander a Francia y el traslado de las mismas desde Francia a Cataluña».

La realización de esa idea fue imposible. Y, el 25 de agosto, el General Doria telegrafió a Roma que: «Los vascos han enviado sus representantes para ofrecer la rendición que hoy he considerado a discreción». Al día siguiente, 30.000 soldados, entre «gudaris», milicianos socialistas, comunistas, etcétera, fueron entregados al mando nacionalista español. La capitulación del Ejército de Euskadi se había consumado, y con ella la traición al Gobierno de la República de España.

Esta historia es dura y triste. Analizada con más detalle, es más sangrante. Manuel Azaña escribió en su Diario, el 26 de julio de 1937, que si lo acontecido en Vizcaya, desde mayo de 1937, se conociera exactamente «\ aquellas ocurrencias cobrarían un volumen político extraordinario, con resultados imprevisibles hoy».