Criterios educativos, no políticos

JOSÉ ANTONIO MARINA
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Las estadísticas de fenómenos complejos, como la educación, permiten lecturas contradictorias. Todos encuentran datos a su favor. Por ello, les recomiendo que no se fíen nunca de los titulares. Ejemplo al canto. ¿Qué dice la OCDE? Que la tasa de alumnos españoles que no cursa la enseñanza postobligatoria (Bachillerato y Formación Profesional) es más alta que en el resto de Europa, excluido Portugal. Eso es malo. Sin embargo, nuestra tasa de universitarios es superior a la media europea. ¿Esto es un éxito o un fracaso? Además, una cosa es no continuar los estudios y otra fracasar en la educación obligatoria.

Este aspecto, que es el que más me interesa, se desdobla en dos: la calidad de los que aprueban, y el número de los que no consiguen aprobar. La calidad la miden, a su manera, los informes Pisa y los resultados son mediocres. El número de los que reciben el Certificado de Garantía Social, que reconoce que han estado escolarizados el número legal de años pero que no han alcanzado el nivel exigido, es extremadamente significativo y yo, tal vez por ineptitud, no he conseguido conocerlo.

La complejidad de la educación facilita las simplificaciones ideológicas, por eso el núcleo de un utópico Pacto de Estado debería sea la constitución de un organismo independiente, que ejerciera en las políticas educativas un papel semejante al que el Banco de España ejerce en las políticas monetarias. Que se basara sólo en criterios educativos y no políticos. Que se ganara la confianza de los ciudadanos por su rigor y profesionalidad. ¿Por qué no lo pensamos?