Cristianos y moros

Las dos culturas como un juego, como una forma de vertebrar la fiesta

Francisco Robles
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Onteniente, exterior noche. Hace calor. En las calles suena la fiesta antes de que los ojos se recreen en el asombro de los trajes, en el color de las vestiduras, en el fuego que desprende la tradición. Un armónico estruendo de trombones y clarinetes, de trompas y chirimías, de tubas que se suceden con una prodigalidad inusitada. Timbales sobre ruedas. Todo se fundamenta en ese exceso barroco tan propio de la España que mira al levante. Luis García Berlanga lo reflejó muy bien en sus películas, y Azorín lo domesticó en una prosa que nada tiene que ver con la realidad que sucede en la calle.

Se celebra la fiesta de los moros y los cristianos. Nació en 1860, cuando la maurofilia resurgió en aquella España del neomudéjar que nos trajo el Romanticismo tardío: aquí casi siempre llega todo tarde, desde el Renacimiento hasta la modernidad. Aquel siglo XIX fue clave para que se recuperaran las señas de identidad que se habían perdido… o las que nunca existieron. Nacionalismo de colorines trufado de costumbrismo. Eso, tan denostado por el mester de progresía, es mucho más sano que el separatismo insolidario que envenena las relaciones laborales y familiares. La fiesta como forma de ser y de estar en el mundo. Una bendición para los sentidos.

Los que somos del sur –da igual la referencia geográfica, es un asunto más profundo– sabemos que lo sensual se une, a través de misteriosos vasos comunicantes, con lo sentimental. Y aquí se ve. Se palpa y se huele, con la pólvora como un suave perfume que nos lleva al origen de la fiesta. Se escucha en el esplendor de las bandas de música que son la punta del iceberg: horas de ensayo, de esfuerzo, de talento para derrocharlos en esas composiciones morunas con sus correspondientes arabescos en plena calle. El sentido es la sensibilidad.

En estos tiempos de islamismo radical que busca la islamofobia para crecer en el odio ajeno, bienvenida sea esta celebración callejera que convierte las luchas de antaño en la fiesta de hogaño. Y que demuestra algo evidente, a pesar de que el mester de progresía se empeñe en llevar la contraria: en España no existe el odio al islam, ni al árabe ni al moro. Excepciones, todas las que uno pueda encontrarse por ahí para demostrar la validez de la regla. Pero lo cierto es que la sociedad española ha demostrado un altísimo grado de madurez y de tolerancia hacia nuestros vecinos del sur o del oriente. Tras los atentados de Atocha o de las Ramblas, nada de persecuciones ni de causas generales. El racismo está en otra parte. En las predicaciones de ciertos imanes que llaman a la guerra santa. Por ejemplo.

Así que tengamos la fiesta en paz. Disfrutemos del ballet callejero, del colorido que conforma la estructura de unos uniformes imposibles y noveleros que van más allá de la estética de los omeyas o de los bereberes. En los balcones, colgaduras de Cristos y de lunas en cuarto creciente. Las dos culturas como un juego, como una forma de vertebrar la fiesta. Turbantes que no anuncian el nublado de la inteligencia. Alfanjes neobarrocos que le sirven al cabo de la comparsa para saludar al respetable. Lanzas de mentira. Y muchas sonrisas para ponerle una curva sutil a la vanidad de ser protagonista de la fiesta por un día.

Los que se burlan de estos acontecimientos con el tópico manido de la España profunda, no saben lo que se pierden. Hay emoción contenida que sale a la luz en forma de felicidad, de gozo contenido, de satisfacción por todo lo que se ha hecho durante un año para mostrarlo en la brevedad del desfile que dura apenas un instante. Es la fiesta de los moros y los cristianos, o sea, de la España verdadera que lleva el pluralismo en las entrañas de su historia.

Francisco RoblesFrancisco RoblesArticulista de OpiniónFrancisco Robles