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EDITORIAL ABC

El cristianismo, armazón de occidente

Respetar a los católicos no solo es un mandato ético para quienes dicen consagrar la libertad de credo, sino un acto de responsabilidad para la propia conservación de los valores de Occidente

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Pese a la lluvia que estos días ha trastornado los planes penitenciales de numerosas hermandades de Semana Santa, la sociedad española ha vuelto a dar muestras, con su masiva asistencia a las procesiones que han logrado esquivar la borrasca, del sentimiento religioso que la articula y vertebra. La insistencia con que el Centro de Estudios Sociológicos presenta la imagen de una España que progresivamente va dando la espalda a la fe católica -y aún más a la Iglesia- responde a la estrategia de ingeniería social que, desde los tiempos de Rodríguez Zapatero, el PSOE institucionalizó para implantar y desarrollar, como lluvia fina, a través de todos los medios a su alcance, incluido el poderoso brazo estadístico del CIS, un laicismo que atenta contra la fe mayoritaria de la sociedad. No se legisla en función de la aconfesionalidad del Estado, como exige una nación avanzada como la nuestra, sino en contra del grueso de la población, que ha asumido la intimidad del hecho religioso, replegado a su más estricta privacidad, mientras las instituciones públicas invaden un territorio que, cuando menos, debería ser neutral. Los católicos no merecen más aliento que la minoría de musulmanes a los que Pedro Sánchez felicita el Ramadán, pero tampoco menos. El desdén con que la portavoz del Gobierno despachó el pasado miércoles la fiesta de Pascua revela un desprecio institucional que debería ser motivo de reflexión para un Ejecutivo que se declara de todos y de todas. De unos más que de otros.

Ni una sola mención a la naturaleza religiosa del templo de Notre Dame -patrimonio cultural y símbolo europeo, según la versión oficial- hubo en las palabras de pésame de Isabel Celaá tras el incendio que arrasó la catedral parisina. Al Gobierno le cuesta pronunciar la palabra cristianismo, quizá por su sesgada y ruin visión de una Iglesia que considera parte de la maquinaria conservadora. Sin embargo, no es la Iglesia, hoy de luto por la muerte de Jesús, y mañana de fiesta por su resurrección, una institución a la que haya que combatir por cuestiones políticas, como se empeña en demostrar la izquierda con sus iniciativas. De eso se encargan ya los enemigos de Occidente, cuya «guerra santa» no responde a criterios dogmáticos, sino a la aversión que genera entre los fanáticos el modo de vida de un mundo libre cuyas raíces se alimentan del humanismo cristiano. Respetar a los católicos, dentro y fuera de España, no solo es un mandato ético para quienes dicen consagrar la libertad de credo como expresión máxima de nuestro sistema democrático, sino un acto de responsabilidad para la propia conservación de un Occidente que, pese a los giros dialécticos de Isabel Celaá, no pude explicarse sin la fe cristiana.