Crisis y credibilidad

... Cuando se haga -y habrá que hacerlo- un análisis de los comportamientos sociológicos -muy especialmente a nivel de elites- durante este último tiempo, nos quedaremos realmente sobrecogidos y abrumados ante tanta avaricia, ante tanto cinismo y doble moral, ante tanta y tan necia irresponsabilidad...

ANTONIO GARRIGUES WALKER Jurista
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DEMOS por absolutamente seguro que más pronto o más tarde -será más pronto que tarde- encontraremos el camino correcto para salir de la crisis económica en la que está inmerso todo el mundo occidental, el impropiamente llamado «mundo rico». Pero habrá que asumir, al mismo tiempo, que para lograr ese objetivo la condición necesaria pasará por la creación de un clima de moralidad pública y privada radicalmente distinto al que hemos venido viviendo.

La codicia y la corrupción -entrelazadas perversamente de mil formas y maneras- son la verdadera causa de esta crisis. El largo proceso de crecimiento económico -¡casi quince años!- acabó produciendo una especie de borrachera económica en la que la razonabilidad y los sentimientos éticos se anegaron. El deseo de acumular riqueza en el plazo más breve posible y, además, sin aplicar esfuerzo o sacrificio alguno, se convirtió en el sentimiento decisivo y prioritario del ser humano y en el proceso de concretar materialmente tal deseo se saltaron, sin límite, todos los límites de la prudencia y la sensatez. Cuando se haga -y habrá que hacerlo- un análisis de los comportamientos sociológicos -muy especialmente a nivel de elites- durante este último tiempo, nos quedaremos realmente sobrecogidos y abrumados ante tanta avaricia, ante tanto cinismo y doble moral, ante tanta y tan necia irresponsabilidad.

Hasta hace aproximadamente tres o cuatros años, el sistema había funcionado admirablemente bien para todos los países desarrollados, con la única excepción de Japón. Durante ese tiempo -a pesar de algunos escándalos puntuales- se logró un enriquecimiento económico, tecnológico, sociológico y cultural como nunca antes había conocido la humanidad y nuestro país es uno de los ejemplos más destacados de ese enriquecimiento general. Fue algo verdaderamente esplendoroso. No parece por ello razonable culpabilizar, exclusiva o fundamentalmente, al sistema. La culpa básica -eso ya parece indudable- hay que atribuirla, mucho más que a algunos errores técnicos, a los que distorsionaron, manipularon y abusaron de un sistema eficaz y razonable y en concreto a unas instituciones bancarias y financieras, no sólo norteamericanas, y, también, a unos organismos y agencias de regulación, supervisión, calificación y auditoría que se olvidaron de las reglas y de los principios más básicos de su función en la sociedad.

¿Qué se puede hacer ahora? Todo el mundo insiste en que la clave está en la recuperación de la credibilidad y es cosa buena y saludable que se hable de un valor que, como tantos otros, había quedado arrumbado en la vorágine de la citada borrachera económica. Hay, en efecto, que recuperar la credibilidad perdida, una tarea siempre difícil que, en la situación actual, se ha hecho más compleja porque ya no se trata tan solo de cómo recuperarla sino también de concretar a qué sistema debemos referirla, ya que esta crisis ha puesto en cuestión ideas y concepciones económicas que parecían incuestionables y ha reabierto debates -como el del papel del sector público-, que también parecían controlados. Ni el capitalismo ni la economía de mercado van a desaparecer de la escena pero tendrán que producirse cambios profundos en los planteamientos y en los objetivos, empezando, desde luego, por un mundo financiero que deberá penar y pagar seriamente su enorme responsabilidad. La ciudadanía no va a aceptar, en ningún caso, que los más culpables vengan a ser, por verdadero arte de birlibirloque, los más beneficiados de las medidas excepcionales que se han adoptado y vayan a adoptarse para intentar contener la crisis.

Alrededor de estas ideas y bajo el título «Nuevo mundo, nuevo capitalismo» se acaba de celebrar un encuentro en París con la participación de Merkel, Sarkozy y Blair. Ese va a ser sin duda el tema de moda, el tema puntual, en los próximos foros internacionales y nacionales, porque estamos iniciando una época histórica en la que habrá que cambiar muchos dogmas radicalmente falsos, muchos comportamientos inmorales y, sobre todo, muchos liderazgos que han quedado definitivamente caducos. Ha llegado el momento en el que todos los estamentos tienen que reflexionar sobre el papel que les corresponde en una sociedad que ya no puede tolerar los excesos, los despropósitos e incluso las frivolidades que se han vivido. Además del mundo financiero, ese ejercicio de reflexión tendrá que hacerlo, con realismo y con intensidad, una clase política que ya no puede mirar hacia otro lado cuando se enfrenta al hecho de su escasísima credibilidad para la ciudadanía en su conjunto en una época en la que ese valor va a ser decisivo.

Como símbolo perfecto de esta nueva época, el 20 de enero, a las doce de la mañana, en la ciudad de Washington, prestará juramente -allí no se contempla la opción de la promesa- el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, un varón negro, de 47 años, nacido en Honolulú, Hawai, de padre originario de Kenia y madre americana, casado con Michelle Robinson, una mujer negra que, según su propio marido, «lleva sangre de esclavos y de propietario de esclavos», con la que ha tenido dos hijas, Malia y Natasha (Sasha).

El discurso inaugural del nuevo presidente americano se analizará con especial atención y cuidado en todo el mundo, porque la solución de esta crisis -he ahí el mensaje clave de esta reflexión- depende en gran medida (se podría decir que en toda la medida) de la capacidad de su país para tranquilizar los mercados financieros y reactivar la actividad empresarial, porque si ello no se produce los demás esfuerzos tendrán mucho de estériles. Barack Obama hablará con toda razón, con toda claridad, incluso con dramatismo, de la penosa herencia económica y política que recibe pero, a renglón seguido, expresará con bellas y buenas palabras, su absoluta convicción de que el pueblo americano será capaz, como siempre lo ha sido, de afrontar y superar con vigor y con rigor, estas situaciones por difíciles que sean. Démosle la credibilidad que se ha ganado a pulso. Con escepticismos cínicos y catastrofismos no iremos a ninguna parte. Lo importante ahora será que un país decisivo para el mundo, una vez superada esta situación, aproveche la dura experiencia para modificar ciertos comportamientos y rectificar algunas conductas y en especial las relativas a su pasión por el unilateralismo y a sus tentaciones autárquicas y aislacionistas que siempre han carecido de justificación pero que en estos momentos son verdaderamente inaceptables.

Los patriotismos y los nacionalismos de todo orden no pueden impedir que se avance con fuerza hacia una gobernanza mundial civilizada que requerirá instituciones globales que operen con capacidad de acción y la debida independencia, y, en su día, un auténtico derecho global.

En esa línea tendrán que trabajar a fondo un personaje admirable como Barack Obama y un gran país como los Estados Unidos a pesar de haber sido el epicentro y el gran culpable de esta deplorable crisis, de la que vamos a salir -y será pronto y no tarde- con algo más de fuerza, con algo más de grandeza y solidaridad y con algo más -no mucho- de sabiduría. Esa es la extraña forma en la que avanza, a ritmo exasperantemente lento, la humanidad. Esa es la historia, y la moraleja de las crisis.