La corrupción de Delgado

No es admisible que un ministro se permita mentir para demonizar a una fuerza política

Gabriel Albiac
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En política, las palabras son también exabruptos. No es grato. Pero es ineluctable. La política vehicula pasiones, tanto -por lo menos- cuanto conceptos. Y la pasión acarrea lenguajes impropios, arrastrada por los cuales la política linda en la apuesta por excluir al otro. Y, en el límite, aniquilarlo.

Es eso lo que, ante todo, debe eludir un gobernante. Siempre que un mínimo rigor ético lo guíe, por supuesto; y también, una cautela elemental frente a las confrontaciones civiles, de las cuales una nación no puede aguardar más que destruirse. La injuria y el exabrupto, en boca del ciudadano privado, expresan la barbarie que habita el fondo del animal humano. Aprendemos a controlar ese fondo brutal que acecha siempre en nosotros.

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