Corazón tan blanco

Podría doña Inés hacer algo que por fin certificara que su partido es la primera fuerza del Parlament

Salvador Sostres
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Cuando el amor existe de verdad, por muy sucios que sean los sentimientos, tardan mucho en corromper la pasión original. Así se explican las historias de autodestrucción, de destrucción mutua entre dos que se quieren tanto, y más oscuro y más enfermizo y más trágico, el maltrato prolongado en el tiempo, con la víctima permaneciendo al lado de quien le está matando.

El amor independentista existe en Cataluña, existe realmente. Y las bajas pasiones de sus líderes están produciendo un desgarro que va acabar desgastando este amor, aunque sea levemente. Pero llevará un tiempo que se noten las consecuencias porque el amor es verdadero, está enraizado y decirse adiós es más difícil, y más largo, que quererse.

Que el independentismo haya perdido su mayoría parlamentaria no significa que el constitucionalismo la haya ganado. Hay un empate a 65 que evidencia el desgarro catalanista pero todavía sin abrir las puertas hacia otras sendas. Una idea del amor que aún perdura mientras van cayendo los sentimientos.

Pero siendo todo ello cierto podría doña Inés trabajarse un poco más las complicidades con Podemos para explorar las opciones de una moción de censura contra Quim Torra. Pedro Sánchez lo hizo contra el presidente Rajoy, y con sólo 85 diputados, el peor resultado del PSOE desde la recuperación de la democracia. Podría doña Inés hacer algo que por fin certificara que su partido es la primera fuerza del Parlament y que el voto útil del constitucionalismo de las elecciones del 21 de diciembre fue efectivamente útil y no otra pérdida de tiempo.

En Badalona, hace unos meses, Xavier García Albiol demostró su amor por la ciudad entregando el ayuntamiento a un socialista a cambio de librarla del yugo humillante de tener un alcalde de la CUP. Albiol había obtenido, en las municipales de 2015, 10 diputados: la segunda fuerza, 5, pero la suma de perdedores le desalojó de la alcaldía. Un alcalde de verdad baja a la arena y pelea por los suyos, aunque sea haciendo severísimos sacrificios: y ahí estuvo Xavi, viendo cómo por segunda vez le arrebataban su apabullante victoria, pero con su cabeza bien alta por haber devuelto algo de dignidad institucional a sus vecinos.

Arrimadas no acaba de entender que, en las elecciones del pasado 21 de diciembre, los catalanes no le dieron un premio sino una responsabilidad. No le colgaron una medalla por lo lista y guapa que es sino que le encomendaron la misión de liderar a más de la mitad de una comunidad que había quedado silenciada y arrinconada por la otra mitad.

Arrimadas y Rivera, y en general Ciudadanos, tendrían que recordar que no están en la política para tener razón, ni para ganar un concurso de belleza y postureo, ni siquiera para hacernos ver lo corruptos que son los demás en contraposición a su corazón tan blanco.

Están ahí para ensuciarse, para que las veces que les arrastren sirvan a los suyos para levantarse, para partirse la cara por ellos aunque a veces sea perdiendo, o sangrando un poco. Es decir, todo lo contrario de este salón de manicura en que parecen vivir Inés y Albert, con los votos de la ilusión que recibieron reducidos a esmalte y palangana.

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