«Lo contrario del amor no es el odio, es el miedo»

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PILAR JERICÓ

Doctora en Organización de Empresas y especialista en desarrollo del talento

-En el Olimpo, el temor es hijo del amor y de la guerra. En nuestra sociedad, ¿de quién desciende?

-La respuesta la podemos encontrar en los cuentos infantiles como el de Juan Sin Miedo, un muchacho que no tiene nada, ni miedo, hasta que por fin tiene algo y con ello surge el temor. Es la dualidad del tener o ser, que planteó Erich From. El tener nos hace vulnerables al miedo a perder; el ser más, creer en ti y no ponerte barreras, nos da la fuerza del valor.

-¿El miedo también se hereda?

-Sí. Nacemos con miedo, lo tenemos codificado en nuestro cerebro y lo experimentamos. Por ejemplo, si has tenido una familia con una complicada situación económica no es de extrañar que aunque luego los nietos tengan un panorama económico espléndido arrastren esos miedos heredados y, por tanto, transmitidos.

-¿Cuál es el tipo de miedo que más abunda?

-Me he centrado en cinco tipos de miedo: el de no llegar a fin de mes, el miedo al rechazo porque no te quieran las personas que tu quieres que te quieran; el miedo al fracaso, al error, a equivocarte; miedo a la pérdida de poder, y el miedo al cambio. Dependiendo de las sociedades y de tu puesto de trabajo vas a tener más unos miedos u otros. En España, por ejemplo, un miedo social muy importante es el miedo al rechazo, por eso nos cuesta hablar en público o por eso en el colegio aunque supiéramos la respuesta no la decíamos. La presión del grupo es mucho más grande que en los países anglosajones.

-¿También es legado?

-Es un miedo cultural. Somos muy afiliativos y eso representa la otra cara de la moneda. Damos mucha importancia a lo que la gente opina de nosotros y eso es algo que no sucede en los países del norte de Europa, donde hay otros temores.

-El cambio cuanto menos asusta. ¿Es porque somos una sociedad desilusionada y acomodaticia -la mayoría de nuestros universitarios declaran que quieren ser funcionarios- o porque realmente más vale lo malo conocido?

-El miedo al cambio deriva de la necesidad de controlar nuestra situación, controlar el futuro, y en la medida en que más control tengamos más resistencia tendremos al cambio. Es una evidencia que en este país se innova poco a pesar de la creatividad que existe y gran parte de la culpa lo tiene el temor al cambio que en otros países no se da.

-¿Cuáles son las palabras mágicas del miedo: enfermedad, despido, abandono, el mismo cambio...?

-El miedo es una emoción que se va a activar en determinados momentos. Evidentemente, uno que es más genérico, como decía, es el «no llegar a fin de mes». Además de extendido, es biológico. Claro que también están fracaso, rechazo, falta de control o, por supuesto, incertidumbre.

-La gente habla de estrés y ansiedad, pero de miedo no lo hace nadie. ¿Es como la muerte, de la que no queremos darnos cuenta de que también existe?

-No se habla de él porque aparenta ser una debilidad, aunque no lo sea. Lo necesitamos porque nos hace ser prudentes y, como decía Aristóteles, la prudencia es la virtud práctica de los sabios. Sin embargo, socialmente, decir que tienes miedo parece una flaqueza y buscamos eufemismos como estrés, ansiedad e incluso respeto, que no son sino clases de miedos.

-¿Qué precio pagamos por tener miedo?

-Muy alto. Con miedo no tomamos decisiones, no somos creativos y, lo peor, es que no somos felices. El precio del miedo es, sin duda, la felicidad personal. Decía Elisabeth Kubler-Ross, médico que trabajó durante treinta años con enfermos terminales, que la gente cuando se va a morir se suele arrepentir de dos cosas: de no habernos llevado mejor con alguien, generalmente del ámbito familiar, y de no haber hecho más cosas, esas que por miedo no te atreves a realizar.

-¿También tiene un coste zafarnos de él?

-Hay que distinguir dos tipos de miedo: el equilibrante, que te libra de hacer alguna tontería, como por ejemplo decirle lo que realmente piensas a tu jefe, y que es prudencia, y muy necesario porque si no nos hubiéramos matado en un accidente de coche, nos hubieran echado al primer día del trabajo y, desde luego, hubiéramos desaparecido como especie hace miles de años; y, luego, está el tóxico, que es el que nos daña, nos paraliza, y lo mejor es eliminarlo porque te impide ser tu mismo.

-¿Cuál es el límite entre el miedo bueno y el malo?

-El equilibrante aparece en algunos momentos puntuales, como una alarma, pero el tóxico te acompaña todo el tiempo, no se deshace de ti. Un ejemplo: todos tenemos miedo de estar solos, de que no nos quieran, del rechazo, pero cambiar nuestra forma de ser, lo que nosotros somos, para ser aceptados por el grupo es tóxico.

-¿Hay miedo adictivo?

-Sí. El miedo es subjetivo y, ante un mismo acontecimiento, cada persona lo percibe de manera diferente; una de las claves de esa percepción es la seguridad que tengas en ti mismo. Cuanto más inseguro eres, más miedos percibes generándose un terrible círculo vicioso en el que se puede llegar a crear una adicción.

-¿Alguna fórmula para defendernos de la imposición del terror como herramienta para doblegarnos?

-Una de las cosas que más miedo genera y que más se usa cuando se emplea como fórmula de gestión es la ausencia de comunicación, una herramienta fabulosa para dañar. ¿Y cómo se puede salir de determinados entornos? Teniendo una mayor información y concretando los miedos porque el que más duele es el ambiguo. Éste se suscita cuando, por ejemplo, piensas que te van a despedir y empiezas a elucubrar en vez de reflexionar realmente qué sucedería si te despidieran, «tengo indemnización, paro, contactos, posibilidades de encontrar otro trabajo....» En la medida en que hagamos concretos nuestros temores, con sentido común, seremos capaces de afrontarlos y buscar alternativas. Hay que utilizar la cabeza frente a la emoción.

-Así dicho parece fácil, pero es usted quien cita en su libro a la «Guerra de las Galaxias» y su «no subestimes el poder de la fuerza».

-No podemos subestimar la motivación, ni tampoco el miedo ni la emoción. Necesitamos tanto la razón como la emoción, que nos alerta. Está claro que el enemigo lo llevamos dentro y el peor de todos es el que nace de la elucubración que provoca el estrés y la ansiedad.

-Especialmente repugnante es el miedo que se aliña con el paternalismo del «pero si es lo mejor para ti».

-Detrás del empleo del miedo hay muchas justificaciones, y, por más que se esgriman, hacen mucho daño al que lo está sufriendo. Informar de las amenazas y de los riesgos es correcto, pero utilizarlos como fórmula de gestión aún creyendo que puede ser positivo para la empresa, la sociedad o la familia va contra la felicidad y, en algunos momentos, contra la ética.

-«Cuando llamo a un directivo a mi despacho mi objetivo es hacerle creer que voy a despedirlo». ¿Qué hacemos frente a tipejos así?

-Primero, tomar conciencia de que es una estrategia. Luego, identificar tu miedo y afrontarlo. Si estás en una empresa en donde se usa el miedo tu felicidad puede dañarse. Si tienes oportunidad, cambia de empleo.

-¿Miedo y «mobing» van unidos?

-El miedo lo padecemos el cien por cien de las personas y el acoso moral una parte minoritaria de la población. Pero el «mobing» es un paso deformadísimo de los miedos.

-¿Qué hay peor que el miedo?

-Una de las ideas más interesantes es que lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo, que es el que te deja sin fuerzas para ser tú mismo. El miedo tóxico es una de nuestras peores pesadillas.

-¿Cómo educar en el «no miedo»?

-Mi libro es una invitación a vivir en el «no miedo». Basta con creer en la persona, desarrollar nuestro potencial y, sobre todo, « ser» por encima de «tener».

TEXTO: VIRGINIA RÓDENAS FOTO: SIGEFREDO