El consenso inviable

IGNACIO CAMACHO
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EL triunfo más incontestable de Zapatero consiste en la liquidación del espíritu de la Transición como mecanismo fundacional de la democracia española. Para la nueva generación socialista que representa el presidente, el pacto constitucional no fue más que una claudicación más o menos forzosa de la izquierda, que por miedo o prudencia renunció a la ruptura para conformarse con una libertad imperfecta; por ello a lo largo del último sexenio el zapaterismo se ha aplicado a desmantelar de la vida pública cualquier vestigio de consenso que pudiese proporcionar cohesión institucional y política, y apoyándose en minorías radicales ha sustituido los acuerdos básicos entre mayorías para aplicar al Estado del 78 una agenda de deconstrucción rupturista.

Ésa es la razón cardinal que ahora vuelve inviable un acuerdo anticrisis bajo la dirección política del hombre que ha dinamitado todas las alianzas vigentes, tácitas o explícitas, para enrocarse en un acentuado divisionismo ideológico. La confianza mutua de los dos grandes partidos se ha quebrado al eliminarse el modelo común que sustentaba sus visiones de España. El espíritu de la ruptura ha devuelto a la vida pública española el trincherismo banderizo que la Transición supo evitar, y que consiste en la identificación del adversario como problema primordial; al pairo de ese hálito cainita, millones de españoles anteponen su deseo de derrota del rival -socialista o popular- al de la recuperación económica, o simplemente asimilan un objetivo con el otro. Un diabólico marco de encono civil que vuelve una quimera la colaboración en una tarea de reconstrucción nacional.

El bloqueo ha alcanzado ya incluso a la figura del Rey, cuyo margen de actuación se ve peligrosamente estrechado por las suspicacias sectarias. Ha bastado que el Monarca, alarmado por la severidad de una crisis que amenaza con un grave retroceso social y económico, se limite a cumplir con su función constitucional de arbitraje para que se desaten a derecha e izquierda violentos celos políticos que cuestionan la neutralidad de la Corona. La oposición entiende que las gestiones de Don Juan Carlos suponen un aval al Gobierno, y éste se siente madrugado en su capacidad de iniciativa pese a que no la ejerce. Ni por asomo contemplan unos ni otros la hipótesis de que esta iniciativa mediadora represente la única decisión de verdadera responsabilidad que alguien ha tomado aquí en los últimos tiempos.

Un pacto de Estado sería, sin duda, la solución más razonable a mayor o menor plazo para una crisis que ya no es sólo económica, sino política e institucional. El problema es que ese acuerdo resulta imposible con Zapatero de por medio, porque él es el alfa y la omega del conflicto, el principal factor de discordia. Y ésa es, exacta y desgraciadamente, la única vertiente del asunto que el Rey está obligado a no tener en cuenta.