El consenso innecesario

M. MARTÍN FERRANDDEL mismo modo que, ante una grave infección, los antibióticos

M. MARTÍN FERRAND
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DEL mismo modo que, ante una grave infección, los antibióticos pueden salvar vidas, el consenso entre las fuerzas políticas, llegado el caso, puede resultar imprescindible para la buena marcha de una Nación. La Transición, por ejemplo, no hubiera sido posible sin el asentimiento, más o menos feliz, de todos los partidos; pero, culminados sus efectos con un texto constitucional teóricamente capaz de ordenar la confrontación entre las distintas fuerzas en presencia -la esencia de las democracias que consagran la libertad individual-, quedó sin sentido y vigencia.

La anunciada visita de Mariano Rajoy a José Luis Rodríguez Zapatero, pasado mañana en La Moncloa, polariza la atención de los observadores políticos. ¿Es para tanto? Se supone, según predican quienes no gustan de enriquecerse con sus propias dudas, que los dos grandes líderes -mejor, dirigentes- deben llegar a un consenso en cuanto se refiere a la lucha contra ETA y, además, según expresan algunos con gran cinismo, el del PP ha de renunciar, electoral y políticamente, a la crítica de la acción que, en este concreto territorio, ha desarrollado el del PSOE.

Si arrancamos de la idea inequívoca de que tanto Zapatero como Rajoy desean fervientemente el final de ETA, sus discrepancias han de sostenerse en los matices diagnósticos del mal y en las modalidades a emplear para su tratamiento. En ello puede haber distancias, incluso éticas, que, aunque con una meta compartida, generen las diferencias y la confrontación. Por otra parte, renunciar a la crítica a la política terrorista en la gestión del presidente del Gobierno es tanto como hacerlo a la crítica misma. Zapatero, ahora retratado por su propio fracaso, ha consagrado la acción principal de su tiempo de poder al «proceso de paz» que, lejos de curar, ha complicado la enfermedad. Incluso sus destrozos constitucionales y su complacencia en absurdas modificaciones estatutarias se relacionan inevitablemente con su afán de entenderse con unos asesinos. El consenso, ahora, no es necesario. Es en todo caso, una infusión de tila para la ciudadanía.

También hay que considerar, desde el gusto por el estilismo político, que si se espera algún fruto del encuentro entre Zapatero y Rajoy -algo que no parece estar en la voluntad del socialista si atendemos a las últimas tarascadas dialécticas que le ha dirigido al PP-, éste debiera celebrarse en el Congreso, no en La Moncloa. La liturgia no es algo accesorio y, desde que Alfonso Guerra y Fernando Abril acercaban sus distancias en un comedor de «José Luis», han sido demasiadas las veces que, en pasión oscurantista, las grandes decisiones se han tomado de espaldas a las Cámaras en las que se supone, con la imperfección y vaguedad que impone el sistema electoral, están, trabajan y piensan nuestros representantes.