Editorial ABC

La conquista del hombre

Si el ser humano pudo llegar a la Luna y dejar su huella sobre su superficie, nada quedaba ya limitado al ámbito de unos sueños que de la noche a la mañana se volvieron realizables

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Cargada de significado aún hoy, en una era en la que los hallazgos científicos y los avances tecnológicos se suceden a una velocidad que dificulta su asimilación, la conquista de la Luna sacudió hace hoy medio siglo a una humanidad que a través de este hito, globalizado por su cobertura televisiva, pudo tomar conciencia de su naturaleza y sus posibilidades como especie, más allá de las fronteras que históricamente la habían dividido. Técnicamente, fue la industria norteamericana, con la contribución de ingenieros europeos, la responsable de la gesta, pero fue el hombre en su conjunto, sin etiquetas ni banderas, el que aquel 20 de julio de 1969 puso su pie en nuestro satélite. La Luna, hasta entonces un elemento ligado a los sueños, la leyenda o el arte, se convirtió en poco menos que un producto de consumo para una sociedad que comenzó a adquirir conciencia planetaria.

La Guerra Fría fue el resorte que impulsó la carrera espacial, un pulso tecnológico cuyo combustible fue la competencia, el mismo que hace cinco siglos alimentó las campañas oceánicas que frente al resto de naciones europeas llevaron a la Corona de Castilla a completar la primera circunnavegación de la Tierra. Aquel desafío bipolar ha dado paso a una empresa compartida por todas las naciones, y hoy son las naves Soyuz rusas las que trasladan a los astronautas de Estados Unidos a la Estación Espacial Internacional. La iniciativa norteamericana para regresar a la Luna la próxima década, la incierta aventura programada en el espacio por la China de Xi Jinping o la India e incluso la iniciativa privada de Space X para llevar humanos a la superficie y el subsuelo de Marte reabren una competición en la que se mezclan el nacionalismo de última generación y los intereses comerciales. Sin embargo, sigue siendo el hombre en su conjunto el que se desafía a sí mismo a través de una carrera en la que, como Elcano hace quinientos años, trata de vencer sus limitaciones. En un tiempo en que las banderas vuelven a desplegarse para dividir el mundo, la conquista de la Luna, hoy recordada con aliento romántico e impregnada de mitología pop, ha de ser el guión y el espejo en el que se refleja una empresa global cuya meta no puede ser otra que el progreso compartido.

Hace cincuenta años se abrió una nueva era. Si el descubrimiento de América marcó el comienzo de la Edad Moderna y amplió los límites del mundo civilizado, la conquista de la Luna, saludada con asombro e incredulidad inicial, inauguró un tiempo definido por la innovación tecnológica. Los avances que permitieron la llegada del hombre a nuestro satélite -de inmediato aprovechados por sectores como la construcción, la industria textil, las comunicaciones, la automoción, la medicina, la seguridad, la computación e incluso la nutrición- disparó la fe de la humanidad en sus propias posibilidades. No se puede entender la batalla de los laboratorios contra la enfermedad o la revolución tecnológica que en apenas unas décadas ha cambiado nuestro modo de vida sin la confianza que aquel acontecimiento televisado dio a la sociedad de la época, para la que los imposibles dejaron de existir. Si el hombre pudo llegar a la Luna y dejar su huella sobre su superficie, nada quedaba ya limitado al ámbito de unos sueños que de la noche a la mañana se volvieron realizables. En eso consiste hoy la evolución.

La nueva carrera espacial obliga a la humanidad a replantear su futuro y a restablecer sus prioridades. Además de la explotación de los recursos que atesoran la Luna o Marte, las expediciones programadas para la próxima década tienen como objetivo poner a prueba nuestra capacidad para colonizar unos territorios en los que ponernos a salvo. Destruir un planeta único, resultado de una conjunción de factores quizá irrepetibles en el resto del Universo, mientras se busca una segunda residencia en el espacio es la gran paradoja de esta nueva carrera espacial, proyección de una inquietud humana que, como tantos otros avances que denigran al hombre, muestran toda nuestra grandeza y miseria. En eso consiste desde hace miles de años nuestra evolución, siempre imperfecta.