«Condensación de maldad»

LUIS DE LA CORTE IBÁÑEZ
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«Condensación de maldad». Este título de una Tercera de ABC, escrita por el filósofo Julián Marías hace ocho años, ofrece una justísima valoración de los atentados perpetrados en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 y de sus consecuencias más inmediatas: cerca de 3.000 personas asesinadas en una sola mañana, con las consiguientes fracturas íntimas infligidas a sus familiares, amigos y compatriotas.

En efecto, la maldad es una potencia humana capaz de condensarse a veces en ciertas decisiones singulares (la implementación de la Solución Final, la creación del Gulag...) o concentrarse incluso en una única maniobra. Por ejemplo, la que dio lugar al 11-S: operación terrorista suicida múltiple, sin parangón en la historia moderna, que devino en carnicería y macabro espectáculo televisado para una audiencia mundial.

El 11-S trajo confusión, paranoia y rabia y obligó a reconocer la cruda verdad de una amenaza que llevaba tiempo anunciándose pero que ningún gobierno había tomado suficientemente en serio. Para escándalo de algunos, horas después de producirse dicha tragedia, el presidente Bush anunciaba que su país había entrado en estado de «guerra». Poco más tarde, diversas agencias de seguridad e inteligencia coincidirían en atribuir los ataques a Al Qaida, un entramado terrorista multinacional que, de hecho, ya había emitido dos declaraciones de guerra contra Estados Unidos y sus aliados en 1996 y 1998.

Lo que convertía a Al Qaida en un adversario particularmente temible era su maximalismo ideológico. Apoyado sobre una versión extrema y belicosa del Islam suní, el proyecto trazado por sus ideólogos y estrategas procuraba orientar a sus militantes, socios y simpatizantes hacia los lejanos objetivos de reunificar al mundo musulmán y restaurar el antiguo Califato, previo aislamiento del mundo islámico respecto de sus apoyos occidentales y derrota de los gobernantes musulmanes considerados apóstatas o traidores. A su vez, el maximalismo de Al Qaida revestía un desprecio absoluto hacia la vida humana y exigía una violencia sin límites, como la desplegada en la masacre de Estados Unidos, en otros atentados posteriores (los que acabarían teniendo lugar en Bali, Madrid y Londres aportarían tres ejemplos especialmente graves entre otros muchos).

El caso es que desde aquel 11 de septiembre Estados Unidos puso en marcha una «guerra contra el terrorismo» en la que no tardaría en cosechar algunos éxitos parciales. Por lo pronto, los inicios de la operación Libertad Duradera permitieron diezmar a Al Qaida y disolver el régimen talibán. Y tampoco sería flojo resultado haber evitado un nuevo 11-S en suelo estadounidense. Sin embargo, al invadir Irak en 2003 la administración Bush regaló a los yihadistas un nuevo frente de guerra que perjudicaría gravemente y, en varios sentidos, la marcha de la ofensiva antiterrorista, desviando sobre todo abundantes recursos militares, económicos y humanos que podrían haberse empleado para derrotar a los talibán afganos y desintegrar el núcleo Al Qaida cuando se encontraban en una fase de máxima vulnerabilidad.

Por su parte, a lo largo de estos años los gobiernos europeos se han mostrado eficaces en el tratamiento policial y judicial de la amenaza yihadista, especialmente a partir de su reacción a los terribles atentados ejecutados en Madrid el 11 de marzo de 2004, y sus cuerpos de seguridad y fuerzas armadas han realizado meritorios esfuerzos destinados a prevenir atentados en suelo propio y ajeno y reconstruir y proteger diversas áreas de Afganistán.

No obstante, con la fundamental excepción del Reino Unido, durante todo este tiempo muchos países del viejo continente se han mantenido fieles a viejos reflejos, juzgando con máxima severidad cualquier error o exceso cometido por Estados Unidos y evitando al mismo tiempo implicarse plenamente en las operaciones de combate abierto, tan necesarias para reducir a las insurgencias iraquí y afgana.

Sea como fuere, ocho años después del 11-S, la guerra literal y metafórica contra Al Qaida y sus socios del movimiento yihadista global no parece encaminada a una rápida conclusión. Ciertamente, Al Qaida ya no dispone del potencial destructivo acumulado hasta 2001. Muchos de sus militantes y mandos intermedios han sido detenidos o han muerto y su popularidad ha ido decreciendo. Pero, en los últimos años, se han seguido desbaratando complots yihadistas en todo el mundo (algunos directamente promovidos por Al Qaida). Hoy mismo, el frente afgano atraviesa una intensa fase de turbulencia que se ha extendido a Pakistán (también gracias a la colaboración entre los talibán y Al Qaida), otros escenarios de conflicto y violencia intermitente permanecen activos en diferentes continentes por obra de grupos yihadistas y las arengas de líderes islamistas radicales siguen circulando por todos los medios posibles. Acaso un día no lejano salte la noticia del apresamiento o la muerte de Bin Laden o incluso sobre el desmantelamiento de su organización, lo que sin duda significaría un logro decisivo en la guerra antiterrorista iniciada en 2001. Pero tampoco entonces será prudente descontar de la agenda global la amenaza que hizo posible aquella insoportable mañana de septiembre, con su enorme condensación de maldad.