Comprender y compartir

Por M. MARTÍN FERRAND
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La guerra en Afganistán toma causa de los atentados terroristas que padecieron los EE.UU. el 11 de septiembre y éstos la toman, es un decir, de las condiciones auténticamente miserables en que viven dos tercios de la población mundial. Nada, absolutamente nada, puede justificar la violencia terrorista en ninguno de sus grados; pero conviene entender, si no queremos renunciar a la inteligencia, que el bienestar despilfarrador en el que vivimos los integrantes del tercio privilegiado opera como un agravio comparativo frente a la extrema pobreza de los demás. Si se le añaden a esa circunstancia, nada baladí, el desprecio y la repulsa que, de hecho, se manifiesta en el primer mundo frente a todo lo que es distinto, diferente, completaremos un cuadro en el que hierven la frustración de unos, la prepotencia de otros y el conflicto de todos.

Un periodista francés, Michel Peyrard, de París Match, ha sido detenido y apedreado por los talibán en las calles de Jalalabad. El colega, para acceder a una información vedada, se había disfrazado con un burka, el vestido-prisión que imponen los fundamentalistas a sus mujeres. Han acusado al periodista de espía y esto nos escandaliza mucho a quienes creemos en la libertad de información y en los derechos de la mujer; pero, imaginemos, ¿qué ocurriría aquí si un afgano, disfrazado de mujer, a lo «Drag-Queen», fuera descubierto con «material de espionaje» -un sofisticado teléfono vía satélite, un magnetófono, cámaras y teleobjetivos- en dos gruesos maletones? Allá y aquí se prejuzga la diferencia.

Dado que la verdad no tiende a conceder exclusivas, es exigible aceptar las diferencias ajenas, por raras y exóticas que puedan parecernos, como parte de nuestra propia potencialidad de seres humanos dotados con capacidad de discernir. Sería prudente, además de benéfico, coordinar activamente el trabajo del mundo rico, el nuestro, en aras de acortar las diferencias materiales que nos separan de los pueblos famélicos en los que nuestros contenedores de basura constituirían un lujo cierto. Se podrían invocar para ello los más nobles conceptos; pero basta con recurrir al sentido de la defensa -hermano del de la perpetuación de la especie- y al del mercantilismo -inseparable, parece, de nuestra civilización-.

Dar de comer al hambriento es una hermosa obra de misericordia; pero no darle, como demuestran los pavorosos efectos de los atentados de Washington y Nueva York, es temerario. El hambre enflaquece las neuronas y propicia figuras, o figurones, como Osama bin Laden. La primerísima necesidad del desvalido es buscarse una fe, una ilusión y un líder en el que materializar su esperanza. Además, la imaginación industrial y comercial, en otro tiempo, anterior al de la economía financiera, motor del progreso occidental, puede convertir la carga del tercer mundo, el de la gazuza, en un próspero negocio que, en los grandes números, puede sustituir con largueza al armamentista. Comprender y compartir son los dos verbos cuya conjugación puede salvar, mantener sin sobresaltos, nuestra amenazada, atribulada y en muchos aspectos caduca, civilización greco-latino-judeocristiana.