Los complejos de López

M. MARTÍN FERRAND
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JUAN José Ibarretxe, en su día, fue investido lehendakari con menos votos de los que ayer respaldaron para el cargo a Patxi López. A pesar de ello, y en uso de la condición excluyente que caracteriza a los nacionalismos, tan díscolo personaje se ha permitido afirmar que el nuevo Gobierno no representa a la mayoría de la sociedad vasca. Es un buen síntoma de un modo escasamente democrático, de cercanías, de entender la democracia y, al tiempo, un aviso de las dificultades que le aguardan al nuevo Ejecutivo de Vitoria. Dos décadas sin alternancia de poder deben de haber esclerotizado las instituciones vascas.

Otra señal de lo que nos espera se evidencia en el discurso de investidura del lehendakari López. Todos tenemos el almario lleno de complejos y prejuicios y uno de los más comunes entre la grey socialista es un sentimiento de inferioridad frente a los supuesto de libertad y progreso que definen a la derecha en su conducta histórica y que tratan de anular con una postura de superioridad. En esa línea, López, bilingüe y vizcaitarra, cuajó su discurso de recuerdos y agradecimientos a grandes socialistas del pasado, a su padre, a sus abuelos... pero olvidó el detalle de agradecerle al PP que Antonio Basagoiti lidera en el País Vasco el apoyo sin el que no hubiera pronunciado tan poco generosas palabras.

Incluso, con un pie apoyado en el buenismo y el otro puesto en el olvido, López expresó su deseo de ser «digno heredero» de los lehendakaris que le han precedido. Ibarretxe entre ellos. La cortesía parlamentaria es exigible, pero también lo son el respeto a los electores y el compromiso con la verdad. El olvido del PP, y de sus electores, puede justificarse, aunque difícilmente, por el complejo socialista frente a la derecha, pero proclamarse «heredero» de Ibarretxe va más allá. Es el quítate tu que me pongo yo que permite dudar de un cambio auténtico en la política vasca. El frentismo no es el de la nueva mayoría. Lo fue el de las precedentes y de ello y sus excesos no es preciso poner ejemplos.

Por lo demás, el discurso de López fue impecable. «Mi primer empeño -dijo- será poner fin al terrorismo de ETA». Así debe de ser, aunque en función de la experiencia habida no hubiera estado de más la exclusión rotunda de la hipótesis de las negociaciones con tales asesinos; pero tampoco se le puede pedir a nadie lo que no puede dar: generosidad y sutileza.