Comparaciones odiosas

M. MARTÍN FERRAND
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DADO que Alberto Ruiz-Gallardón parece más dado a los pellizcos de monja que a los enfrentamientos recios y frontales, podría ser que el despliegue de las impresionantes esculturas de Xavier Mascaró que el Ayuntamiento madrileño ha hecho en el Paseo de Recoletos sea una intentona crítica al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Los bellísimos y herrumbrosos gigantones creados por Mascaró están huecos, son pura forma. ¿Hay algo más semejante al equipo que encabezan Fernández de la Vega, Salgado y Chaves? No están los tiempos para sutilezas; pero el titular del Ayuntamiento más endeudado de España carece de autoridad moral para señalar el alarmante volumen de la deuda del Estado, algo que, a medio plazo, resulta más grave e inquietante que el mismísimo paro. Quienes no tienen trabajo, como quienes lo tenemos, caducamos con el tiempo; pero las deudas son indelebles y, además, crecen y destrozan la potencialidad del futuro nacional.

Puestos a comparanzas artísticas, Zapatero se asemeja a la escultura de Alberto Giacometti que, en una puja de Sotheby´s, acaba de conseguir el nada relevante título de la obra de arte más cara jamás subastada, «El hombre que camina I» ofrece una silueta anoréxica y microcéfala y permanece quieto, inmóvil, aunque parezca que avanza. ¿Hacia dónde? La obra del suizo le ha costado 104,3 millones de dólares a su nuevo propietario y el de León nos resulta muchísimo más caro, pero los dos deben su valor a la marca que les respalda, bien sea el punzón de un escultor memorable o la sigla de un partido histórico.

A quien de verdad se asemeja Zapatero, si se ahonda en su conducta y por mucho que invoque en su oración laica la «autonomía moral» de las personas, es a Juan Domingo Perón o, por actualizar conceptos, a Cristina Fernández Kirchner. El líder socialista, instalado en una «tercera posición», a horcajadas entre el capitalismo moderado de la UE y su vocación tercermundista, prefiere la popularidad a la eficacia y estimula a sus ministros para anunciar hoy lo que, según convenga, pueda ser anulado y desmentido mañana. Es una forma tramposa de populismo que curiosamente los españoles, un pueblo históricamente desconfiado, acepta como normal. No aprende de la Historia, la modifica; no escucha a quienes saben, les desprecia. Se conforma en flotar, como un corcho, camino de donde le lleven la corriente y los votos. Un gran peligro.