El batallón de los perplejos

Lo que va de Companys a Rovira

Acecha otra tanda de panegíricos de Lluís Companys con motivo del aniversario de su fusilamiento. A Joan Rovira, alcalde de Lérida, nadie le recuerda y fue al paredón por celebrar el Día de Reyes. Debe ser más grave organizar una cabalgata que dar un golpe de Estado

Álvaro Martínez
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La casualidad, que casi siempre tira con bala, va a hacer que de aquí a tres semanas coincidan en el tiempo tres efemérides y una noticia fresquita que tienen que ver con el independentismo catalán. La noticia será la sentencia del Tribunal Supremo a los acusados en el juicio del «procés», prevista para mediados de mes, que tendrá como aperitivo o postre el segundo aniversario del referéndum ilegal del 1-O que sirvió de coartada a Puigdemont para declarar la República Catalana; el 85 aniversario del golpe dado por Lluís Companys el 6 de octubre de 1934, fecha en la que declaró el Estado catalán, y el 79 aniversario del fusilamiento de este último el 15 de octubre de 1940, hecho que le convirtió en santo de devoción de la causa separatista. Asistiremos a un octubre que este batallón intuye tan caliente como lo hacen los Mossos, que estos días debaten si usar gas pimienta en la ensalada de disturbios que sospechan que se van a producir.

Octubre y Lluís Companys irán por tanto de la mano. Naturalmente, desde el sector «indepe» se volverá a levantar el enésimo panegírico sobre el que fuera concejal, diputado, presidente de la Generalitat y hasta ministro de Marina con Manuel Azaña, lo que demuestra el ojo que tenía el alcalaíno a la hora de elegir ministros. Se obviarán todos los puntos oscuros sobre la trayectoria política del protomártir del separatismo, que tantos son que por acumulación suponen un auténtico festival del tenebrismo y los desastres de la guerra. Su hoja de servicios incluye feroces persecuciones, ajusticiamientos tan sumarísimos como el que acabó con él años después en el paredón del castillo Montjuic, quema a mansalva de iglesias y exterminio del clero catalán (fue liquidado el 30 por ciento), ocupación de fábricas, incautación de bienes ajenos y toda una suerte de tropelías que tienen que ver con aquellos despiadados años en los que la brutalidad se hizo más española que el pasodoble.

Mandando Companys en la Generalitat, un tribunal popular condenó a muerte a Joan Rovira i Roure, alcalde de Lérida salido de las urnas, en un proceso que duró unos veinte minutos, en el que no tuvo defensa y donde los cargos incluían haber organizado la Cabalgata de Reyes en enero de 1936. Estando Companys en la Palau de Generalitat, el mismo desde el que declaró el Estado catalán, murieron asesinadas 8.000 personas en Cataluña. Las purgas incluyeron a su propio partido, donde se despachó a 90 militantes de ERC fusilados por apartarse de la doctrina oficial del líder. Los anarquistas se encargaban de la sangre y Companys se limitaba a silbar entre arenga y arenga. Hubo campos de internamiento y trabajos forzados como el de Omélls de Nagaya, de cuyas barbaridades se da cuenta en el Archivo de Tárrega, con testimonios de quienes fueron «huéspedes» del régimen de Companys. El sistema de campos lo tenía distribuido entre Montjuic, Hospitalet de l’Infant, Concabella, Ogern o Falset.

Todo esto también es Lluís Companys, al que hace un año el Consejo de Ministros de Pedro Sánchez le aprobó póstumamente una declaración de «restitución de la plena dignidad» y de rechazo al consejo de guerra que acordó su ejecución. El pobre Joan Rovira, como tantas otras víctimas, aún está esperando... Debe ser que es mucho más grave organizar una cabalgata que dar un golpe de Estado. Dónde va a parar...

Álvaro MartínezÁlvaro MartínezRedactor jefeÁlvaro Martínez