Como estatuas ecuestres

M. MARTÍN FERRANDTAL cual viaja san Cristóbal, llevando a cuestas al Niño Jesús

Por M. MARTÍN FERRAND
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TAL cual viaja san Cristóbal, llevando a cuestas al Niño Jesús, los políticos españoles suelen ser castigados por el destino con el trabajo de soportar a horcajadas a sus predecesores. Ahí está, evidente, el caso de José Montilla, el socialista de doble entrada que aspira a presidente de la Generalitat. El hombre, que no es un titán, saca fuerzas de flaqueza para, sin que se le corte el resuello, llevar sobre sus hombros el peso y la figura de Pasqual Maragall. Vistos desde lejos parecen el perfil de una figura ecuestre, y más de cerca, lo que se escucha es la voz del todavía president cantando las excelencias de un Gobierno tripartito para Cataluña. Maragall da por sentada la minoría parlamentaria de su heredero y le pone la venda al PSC antes de que a Montilla le salga el grano.

El fenómeno, incómodo y lastrón para quien lo experimenta, no es exclusivo de ninguna formación ni pertenece a las izquierdas o las derechas. Es el fruto de la partitocracia que, en sobredosis, marchita la lozanía de nuestra democracia y la convierte en algo escasamente representativo y muy poco parlamentario. Mariano Rajoy lleva a parrancas a José María Aznar, que le utiliza como si se tratara de un arengario y aprovecha la altura para prédicas intempestivas, radicales y autojustificatorias. Además, para mayor castigo, Rajoy es portor simultáneo de Ángel Acebes y Eduardo Zaplana. Los dos, como los trasportines de un aguador chino, penden de los hombros del ex presidente que dijo adiós en inglés y no sabe cómo decir hola en castellano.

El caso de José Luis Rodríguez Zapatero es aún menos confortable y más cansino. Él mismo se equilibra sobre los hombros de José Blanco, que todos servimos para algo, y levanta sobre sus espaldas todo el peso de la Historia de España. El presidente, del mismo modo que las vacas llenan su ocio matando moscas con el rabo, completa su período de poder administrándonos, según sus erráticos criterios, la memoria, o la desmemoria, histórica que sospecha nos conviene. En imitación de los ya extinguidos falangistas, que supieron confeccionarse un futuro nuevo con una camisa vieja, el líder de León nos atiborra con rabos de pasa para que no decaiga la memoria colectiva. No estaría mal de no haber hecho, antes, un gran esfuerzo común para instalarnos en el olvido y poder emprender, vivir y, en cierto modo, rematar la Transición.

Así se entiende el cansancio nacional, la fatiga que nos tiene ayunos de ideas, faltos de proyecto y huérfanos del talento necesario para la prosperidad de la nación. Zapatero, el que manda, anda espatarrado entre el Derecho Administrativo y la saña vengadora al tiempo que soporta sobre el lomo todo el peso de la mitad de la Historia. Los demás, también incómodos, le siguen el baile, y nosotros, los paganos, asistimos boquiabiertos a un espectáculo que, superado el pasmo de la sorpresa, carece de todo interés. Menos mal que ya estamos de vacaciones.