Tal como éramos

JOSÉ MARÍA CARRASCAL
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SE quejaba Ortega de que, en medio de la mayor crisis económica internacional del siglo, el Parlamento español estuviese debatiendo la secularización de los cementerios. Que no han cambiado tanto las cosas en España lo demuestra que, en medio de la mayor crisis económica desde aquélla, lo que se debate en el Senado sea la renovación del Tribunal Constitucional. Seguimos como hace ochenta, cien, puede que doscientos años, recreándonos en nuestras trifulcas internas, llevando a hombros nuestros muertos, echando al contrario las culpas de todos los males. Diría incluso que estamos peor, porque hemos estado a punto de hundir el euro y, a diferencia de entonces, todas las instancias internacionales nos apuntan con el dedo, indicándonos los deberes que nos quedan por hacer. Pues saben que, de dejarnos solos, no los haríamos.

Preferimos seguir librando las guerras de nuestros antepasados, acariciar las viejas heridas, alimentar los viejos agravios, cultivar los viejos vicios. Me refiero a nuestra incapacidad de ver más allá de nuestros estrechos límites, al desprecio de cuanto no conocemos (que es casi todo), al instinto cainita de considerar al vecino como el mayor enemigo. ¿Quieren el último ejemplo? Para escuchar a Montilla en el Senado, no estaban ni Mas ni Durán, los líderes del primer partido de la oposición catalana. Y eso que el president iba a defender el nuevo estatut. Pero su rivalidad particular prevalecía sobre su interés general. Y eso que son catalanes, que se consideran distintos a los españoles. ¿O es que no consideran catalán a Montilla? ¡Vaya usted a saber! Bucear en los complejos de superioridad e inferioridad que se alternan en el alma española requeriría un Freud, y no sé si bastaría.

¿Quieren otro ejemplo? Tanto el PSOE como el PP miran ya más a las próximas elecciones que a la crisis en que nos encontramos. Mientras en todos los demás países se forman coaliciones para afrontarla, lo que aquí se fabrican son trampas para ver si el contrario cae en ellas, como ese súbito interés por renovar un Tribunal Constitucional que lleva cuatro años sin que nadie le haga caso y ahora todo el mundo quiere acelerar, de mentirijillas, claro, pues aquí nadie dice una verdad ni borracho.

Se ha borrado la poca cultura de consenso forjada en la Transición, al presentársela como una muestra de debilidad, como una exigencia de los «espadones», como un trágala impuesto por la «derechona», lo que, aparte de falso, es suicida en una democracia, donde el consenso es tan necesario como el aire que se respira.

Yo no sé en qué va a acabar esto. Pero, visto como se están comportando partidos, agentes y clases sociales, empiezo a pensar que lo mejor sería que Bruselas, Washington y el FMI se hicieran cargo de España y empezáramos a funcionar como un fideicomiso. Por lo pronto, nos libraríamos de una clase política impresentable. Lo malo es que dudo que alguien quiera cargar con el talego.