Cócteles y filosofía

Los bares siempre tuvieron una gran importancia en el existencialismo

Pedro García Cuartango
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¿Cócteles y filosofía? Sí. Por muy extraño que parezca el existencialismo nació en un bar llamado Bec de Gaz en la rue Montparnasse en 1932. Tres jóvenes doctores en filosofía frecuentaban el local en el que mantenían interminables conversaciones sobre lo humano más que sobre lo divino. Eran Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Raymond Aron.

El Bec de Gaz era un establecimiento bohemio en el que los tres amigos acostumbraban a probar cócteles y a intentar adivinar su composición. Sartre ya mostraba su amor al whisky y El Castor, como apodaban a Simone, se inclinaba por el vodka. Un día Raymond Aron desafió a sus dos compañeros: «si creemos en la fenomenología, tenemos que ser capaces de hacer filosofía con un cóctel».

La provocación suscitó una serie de reflexiones sobre el sentido de la existencia, que muchos años más tarde conducirían a Sartre a escribir El ser y la nada, un libro que siempre se me ha atragantado porque me parece un mal remedo de Ser y Tiempo, la fascinante obra de Heidegger.

Pero la sugerencia de Aron era acertada porque el cóctel es una bebida propicia para filosofar en la medida que requiere notable agudeza intelectual precisar sus componentes y la proporción de la combinación. Si intentáramos explicar el discurso existencialista con la fórmula de un cóctel, podríamos verter en una copa un tercio de ser, un cuarto de nada, otro cuarto de absurdo y unas gotas de azar y necesidad.

Lo cierto es que la bebida ha sido la fuente de inspiración de muchos pensadores. Es sabido que Hegel se gastó parte de su herencia en cajas de Medoc. Schopenhauer era también muy amante del alcohol. Pero, en cambio, Nietzsche, hijo de un pastor luterano, lo detestaba y lo consideraba un peligro para la salud.

Volviendo al trío de Montparnasse, inspirado por los vapores etílicos, Sartre le comentó en una ocasión a Aron que sólo son necesarias dos frases para entablar una conversación en inglés. Picado por la curiosidad, Aron le preguntó cuáles eran y su interlocutor respondió: «La primera es scotch and soda y la segunda es why not (por qué no)». Ante el desconcierto de su amigo, Sartre explicó: «si las alternas, jamás te puedes equivocar». La reflexión podría efectivamente figurar en un tratado de fenomenología, que no es más que la reducción de lo complejo a lo simple, aunque Husserl no estaría de acuerdo con esta apreciación.

El hecho es que los bares siempre tuvieron una gran importancia en el existencialismo, que es un pensamiento urbano, surgido también de los bistrots y los cafés de Paris. Años más tarde, después de romper con Aron, Jean Paul y Simone se pasaban las tardes en Les Deux Magots, cerca de la abadía de Saint Germain.

A finales de 1975, cuando ambos eran ancianos, les vi pasear por la rue Bonaparte en varias ocasiones, no muy lejos de Les Deux Magots. Yo vivía muy cerca, en una residencia frente a los Jardines de Luxemburgo. Sartre andaba renqueante y me pareció extraordinariamente pequeño. La Beauvoir se conservaba magnífica, le sobrevivió y no pudo evitar la tentación de afear la afición al whisky de su compañero en el último volumen de sus memorias.

Todos esos recuerdos son una disgresión, al igual que el existencialismo que no fue más que un momento de fulgor que se apagó rápidamente. Cuando vuelvo a París, recorro esas calles que yo conocía tan bien y me parecen extrañas. Han pasado más de 40 años y nada es lo que era y menos la nostalgia. Pero siempre nos quedarán los cócteles, algunos libros de Sartre y los sueños de Beaujolais a las orillas del Sena, indefectiblemente ligados a la juventud.

Pedro García CuartangoPedro García CuartangoArticulista de OpiniónPedro García Cuartango