El cipote de Barcelona

Por ANTONIO BURGOS
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CONFIRMADO: Agbar, el de la torre de Barcelona, no es el yerno de Aznar, el de la boda austrohúngara de El Escorial. Para bodas así... ¿cómo te diría yo si me atreviera?, debemos quedarnos con la de Farruquito. ¡La que ha liado el condenado! ¿Era el casamiento de un flamenco que nunca bailará por carceleras o eran las nupcias de una princesa de Marruecos? ¿Una boda de negros, perdón, de subsaharianos, en Nueva Orleáns, Dixieland a compás, qué limusinas más largas, más blancas y más horteras? ¿O una boda del Versalles calé, con los protagonistas vestidos (o disfrazados) de Luis XV el día de la Patrona, como esas figuritas cursis que salen bailando entre espejos en las cajitas de música? Ni a Albert Boadella ni a Gustavo Pérez Puig ni a ningún otro genio del teatro en libertad, si le dicen que represente un espectáculo como homenaje al «kitsch», se le ocurre montar algo semejante. Y chitón, que a nadie se le ocurra decir nada. Y menos hablar de la discriminación de la mujer en los ritos nupciales gitanos. Silencio sobre el «burka» de sangre de las tres rosas que nacen como tres luceros en el pañuelo de la oprimida condición femenina de la etnia gitana. Es peligroso asomarse al interior: miremos mejor a las ablaciones de las niñas en África.

Y en el «silencio, te la juegas» de esta dictadura de lo políticamente correcto que padecemos, si no he visto a nadie que haya dicho lo que piensa ética y estéticamente acerca de nupcias con beatificación mediática de condenados, mucho menos a quien se atreva a decir ni pío sobre la fálica torre Agbar que han inaugurado en Barcelona. Edificio que podemos clasificar en el apartado arquitectónico de «¿pero qué es ésto, Dios mío de mi alma?». Hasta los Reyes han tenido que hocicar y han inaugurado solemnemente el arquitectónico falo. Faro simbólico de la Cataluña que nos domina. Desde lo alto de esa pirámide genitourinaria, nos contemplan los siglos de dominación catalana en la economía, la política y la cultura que nos esperan. Esa torre que tiene nombre de yerno de Aznar es como un Punto Cat de Internet de 142 metros de altura. La modernidad y el progreso al servicio de la simbología de las exigencias y logros separatistas del tripartito y de las claudicaciones del Gobierno central ante el rompimiento del Reino de España. De los dos: del Reino y de España. Hasta la misma Torre Agbar será una nación si ellos quieren, ¿será por naciones? Y todos habremos de reconocerlo.

Agbar significa «Aguas de Barcelona». ¡Ya está! La Torre Agbar es el valle de los caídos donde descansan el Plan Hidrológico Nacional y el trasvase del Ebro. Las dictaduras piden cemento, y la virtual dictadura del Punto Cat ya tiene su mármol y su día en ese inmenso consolador con el que quieren darle a España por do más pecado había, ¡chúpate Endesa!

Pero estas cosas con las que me la estoy jugando no se atreve a decirlas nadie. Aunque está tirada la comparación con el Cipote de Archidona, y hasta rima, nadie se ha atrevido todavía a llamar a Torre Agbar el Cipote de Barcelona. Como aquel famoso falo erecto y en erupción sobre el que se cartearon en verso y en prosa Camilo José Cela y Alfonso Canales, en un «corpus» único de la literatura humorística española. España entera hizo chanzas con aquel cipote porque Archidona está en Andalucía. Mas como el Cipote de Barcelona está en la capital de la nación catalana, ni algo tan español como un chiste se atreve nadie a sacarle.

El Cipote de Barcelona ilustra mejor que nada este amedrentado clima del talante. Como dice Luis Herrero: con el talante, por detrás y por delante. Ya sabemos con qué y desde dónde: con el Cipote de Barcelona.