Los chulos del barrio

Por Jaime CAMPMANY
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Carlos Bousoño es un gran poeta, quizá un grandísimo poeta. Escribe a la sombra de Vicente Aleixandre, que es escribir a la sombra del paraíso. Buena parte de la poesía de la última mitad del siglo XX, no toda, claro, está agarrada a los faldones superlativos de Vicente Aleixandre, no tanto como la poesía de la asombrosa generación del 27 está mamada en los versos inmarcesibles de Juan Ramón Jiménez. «La voz a “mí” debida», gritaba el cascarrabias de Juan Ramón cuando apareció el famoso libro de Pedro Salinas. El poeta Carlos Bousoño, perfumada flor del jardín de Velintonia, 3, podía haber ganado perfecta y justamente el Premio «Cervantes». No lo ganó porque en la votación final venció la candidatura de Francisco Umbral, que escribe una de las tres prosas esenciales del siglo.

Hasta aquí todo es normal y cotidiano. Cada torneo literario premia a un escritor y los demás se quedan sin premio. Unos aplauden con elegancia al ganador, se tragan sin aspavientos el disgusto y esperan una ocasión nueva. En las justas literarias del Siglo de Oro, unas veces ganaba Lope, otras Góngora o Quevedo, y a lo mejor, sobre todo en las justas poéticas, se quedaba fuera Cervantes. Al fin y al cabo, Cervantes decía de sí mismo que sólo tenía de poeta los dones que no quiso darle el cielo. Los perdedores se cabreaban, claro, y a veces desahogaban el berrinche con una maldad literaria. «Dicen que ha escrito Lopico contra mí versos adversos. Como yo vuelva mi pico, con el pico de mis versos a este Lopico lo pico». Así, por ejemplo, se desahogaba Góngora.

El «Cervantes» es, además y precisamente, un premio literario en el que algunos de los excelsos han debido esperar más de la cuenta. El «Cervantes» le llegó a Cela con más retraso del que llevaba el viejo «tren botijo», hasta el punto de que don Camilo habría podido decir del «Cervantes» lo que Borges dijo del «Nobel», que ahí sí que había mojado Cela. A veces, más de un año, la Academia sueca sacaba un nombre que a los no muy leídos ni políglotas parecía inventado. «Lo de no darme el Nobel es ya una costumbre de la Academia», dijo Borges, y desahogaba así la rabieta. Al propio Umbral lo había dejado antes el «Cervantes» a la luna de Valencia.

Todo esto que digo viene a cuento de la pataleta que le ha dado a los parnasianos de «El país» por el «Cervantes» de Umbral, que escribió en aquel periódico la mejor literatura que allí se haya publicado nunca, y no sólo la mejor literatura sino también la opinión más personal y la independencia más clara, y ahí pica. Pues que se rasquen, porque aprovechar las discrepancias y peripecias normales de un jurado literario para quejarse de que le hayan dado un premio a Francisco Umbral es algo tan ridículo como llevar a la Academia de la Lengua a un iletrado de prosa tartamuda. Ese grupo político, económico, mediático, literario y chulángano de «El país» demuestra una vez más su desdén hacia las letras, su ambición de poder y sus maneras de secta y Ku-Klux-Klan.

Estos tíos quieren castigar y chulear desde la política a la justicia y desde la información a la cultura. Son los chulos del barrio, los manoletines del Portillo y los pichis de la Arganzuela, y no consienten que se les cuele un juez, ni un ministro, ni un presidente, ni un banquero, ni un escritor ni un artista. Quieren disponer de los periódicos, de las radios, de las televisiones, de los libros, de los discos, del cine, de todo cuanto se mueva en la sociedad y ponerlo todo a su servicio. Juzgan, condenan, torturan y ejecutan con la difamación, el insulto o el desprecio. A unos tíos que se cabrean porque le dan un premio literario a Umbral hay que sentarlos en el pupitre. La redondita es la o, y la del puntito es la i.