Causa justa

IGNACIO CAMACHO
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HA ganado ella. Sólo ella. Marruecos, España y el Polisario han intercambiado concesiones, alivios, renuncias y éxitos parciales, según los casos, pero Aminatu Haidar ha ganado de una forma lineal, manifiesta, transparente y rotunda su terminal desafío de dignidad. Jugó al límite, a una dialéctica descarnada y casi suicida, a una apuesta intransigente sin términos medios por su causa. Victoria o muerte. Y ha sido victoria.

La causa primera de Haidar no era el Sáhara, ni el Polisario, ni la autodeterminación, ni la política. Esas cuestiones estaban sin duda al fondo del conflicto planteado por su huelga de hambre, por la intransigencia marroquí, por la torpeza y la ambigüedad española, pero Aminatu se dispuso a morir por algo mucho más simple y primordial que todo eso. Su causa era la de un derecho elemental y prístino, arrebatado de forma arbitraria por una decisión injusta, ilegal, caprichosa y despótica. El derecho de volver a su tierra sin tener que pedir perdón a un rey medieval por un pecado de desobediencia que ni siquiera había cometido.

Ese derecho es el que motivó la corriente solidaria de simpatía general, al margen de ideologías y sectarismos, por su lucha a cuerpo limpio contra la red de cruzados intereses políticos y de pasteleros juegos diplomáticos que la había dejado como una paria en tierra de nadie. Su reto testarudo era un grito de rebeldía frente al conformismo, un acto supremo de autoexigencia y de decoro que la convirtió en heroína de la resistencia moral. Y que ha terminado en un éxito rotundo. Sin pedir perdón, sin humillarse.

El resto, sí, es política. Una política en la que todos han tenido que ceder: Marruecos, envainándose su rabioso gesto prohibicionista; España, admitiendo la soberanía marroquí sobre el Sáhara tras exigir la autodeterminación y reconociendo su vergonzosa complicidad en la deportación de la activista. Incluso el Polisario, que ha visto reverdecer su causa olvidada, ha sufrido al final el revés de un acuerdo hispanomarroquí propiciado por Estados Unidos y Francia. El desafío solitario de Aminatu Haidar ha involucrado a ministros, embajadores, presidentes, secretarios de Estado y hasta un monarca absoluto. Y a todos los ha doblegado a base de paciencia, sacrificio y coraje, como una Gandhi con hiyab respaldada por el sentido común de la justicia.

A ver qué dicen ahora los pragmáticos, acomodados posibilistas de la izquierda que le pedían a Haidar que desistiera, que depusiese su dignidad, que volviese a comer. Que ya había obtenido una atención suficiente para la demanda saharaui, que no molestase más al progresista Gobierno que había aceptado su expatriación infame. Pero Aminatu continuó porque su lucha era otra más primaria y noble, más íntegra y transparente. La rebelión contra un atropello moral, contra una indecencia humanitaria y contra una arbitrariedad política. Contra una injusticia.