Cataluña visita a Asturias

Escribo desde la cuna de una gran nación llamada España, en busca desesperada de un líder que la rescate

Isabel San Sebastián
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Escribo desde Asturias, el reino más antiguo de cuantos han ido uniéndose a lo largo de la Historia para conformar la nación española. Mil trescientos años acaban de cumplirse desde su fundación. ¡Ahí es nada! Y digo bien reino, con todo lo que ello implica; no marca del imperio franco en Hispania, que define exactamente lo que era el territorio de la actual Cataluña en la época en la que Asturias empezó su propia andadura, o bien condado semejante a muchos otros, máxima entidad política que llegó a alcanzar esa región antes de integrarse en la Corona de Aragón y, a través de ella, en España.

Escribo desde un solar de gente brava, indoblegable a la sumisión. Fieros defensores de su pan, su credo y sus costumbres, contra quienes tuvieron que emplearse a fondo las águilas de Roma durante dos siglos y que lograron derrotar en varias batallas decisivas a los musulmanes, sentando con ello las bases de la Reconquista. Hombres y mujeres valientes, orgullosos, que no altivos, sin nada que envidiar a nadie en materia de dignidad y, precisamente por ello, incapaces de ceder al supremacismo que parece haberse adueñado de un porcentaje importante de catalanes hoy día.

Si alguien tiene motivos para reivindicar una identidad propia, tributaria de un formidable legado histórico y cultural, son los asturianos. Si lo que se enjuicia es el trato recibido del poder central, los hijos de esa tierra se han dejado la vida en la mina y en la mar, mientras las industrias instaladas en Cataluña medraban al calor del proteccionismo decretado por eso que ahora llaman despectivamente «Madrid». Claro que, como dijo hace tiempo un presidente autonómico socialista, quien exige comer aparte puede bordar con maestría el arte del victimismo, pero en el fondo no pretende otra cosa que comer más y comer mejor, que es exactamente a lo que aspira un separatismo cada vez más descarado, más pagado de sí mismo, más insultante, más convencido de la superioridad tribal de su estirpe, más repugnante. ¿Cómo puede Pedro Sánchez sostenerse en el poder a costa de inclinar la cabeza ante semejante ralea? ¿Tú también, José Borrel, te sumas a la traición por una miserable cartera?

No imagino aquí a una marea humana homogeneizada por el color rojo de las camisetas (idénticos a las hordas chavistas) celebrando el día de Asturias entre ofensas a España y al Rey con atrezo de cartón piedra. Asturias es algo demasiado serio para incurrir en espectáculos como el escenificado en Barcelona con ocasión de la Diada, convertida por los responsables de las instituciones locales en un esperpento grotesco cargado de reminiscencias nazis evocadas por esos desfiles de antorchas tan del gusto de unos y otros. No puedo creer que algo similar llegase a tener lugar en estos pagos, salvo que el veneno nacionalista logre infiltrarse en la sociedad a través de la educación, empleando como vector propagador el bable. Espero de todo corazón que prevalezca la cordura ancestral de este pueblo y ponga coto a ciertos movimientos empeñados en convertir esa lengua en un pesebre bien surtido en el que abrevar, pervirtiendo su función natural hasta hacer de ella un arma arrojadiza contra el adversario político, amén de un instrumento de división y segregación, tal como ha ocurrido en Cataluña. Lo espero y lo deseo, porque este viejo reino milenario sabe mejor que nadie que la unión hace la fuerza mientras que la división debilita, empobrece y acaba matando.

Escribo desde la cuna de una gran nación llamada España, en busca desesperada del líder que la rescate.

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