Catalán, español, universal

JOSÉ MARÍA CARRASCAL
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ESO de que hablen bien de uno tanto la derecha como la izquierda es tan extraño en la España de nuestros días que resulta casi sospechoso. Si además, se ha alcanzado relieve mundial, al frente de una de las organizaciones que más multitudes y dinero mueve, el comentario se hace obligatorio.

Juan Antonio Samaranch personifica la Transición española como pocos, no porque la protagonizase, sino por haberla personalizado. Sirvió con igual entrega y eficacia al franquismo y a la democracia, a Cataluña, a España y a la comunidad internacional. Era el más español de los catalanes y el más catalán de los españoles. Nunca se dejó llevar por las ideologías, siempre se guió por los intereses, procurando que todos salieran beneficiados. Era, en fin, un pragmático y como tal, sabía que lo perfecto no existe en este mundo, por lo que se impone encontrar el compromiso entre las distintas opciones. Todo ello lo hizo dentro de la más absoluta normalidad tanto en su persona como en sus actos, algo raro entre nosotros, que tendemos a los extremos, a la búsqueda del ideal, en lo que gastamos la mayor parte de nuestro tiempo y energías. Y a quien me diga que los catalanes no son así, le apuntaré a su actual clase política, empeñada en alcanzar un ideal que sólo existe en su cabeza. Consiguiendo que Cataluña pierda puestos sin avanzar hacia su objetivo, como está ocurriendo con el nuevo estatuto. Nos hubiera gustado saber qué opinaba Samaranch sobre él, pero no lo expresó, posiblemente por considerarlo ocioso y, puede, perjudicial.

Su cualidad más destacada, y a la vez más misteriosa al tratarse de un instinto que va con la persona y nada tiene que ver con la cuna o formación, fue haber sabido en cada momento hacia dónde tiraba la historia. Algo que no es simple oportunismo, sino saber montarse en la ola, como el surfista en su tabla, para aprovechar su fuerza y dirección, hasta llegar al lugar apetecido o al menos el más próximo. No buscando el poder por el poder, sino utilizándolo para encauzar la historia, en vez de oponerse a ella. Parece muy fácil, pero sólo los elegidos lo consiguen, por ese olfato especial para adivinar el futuro, que a veces marcha en sentido contrario a lo que anuncian los titulares de los periódicos.

Samaranch se dio cuenta muy pronto de que el deporte iba a ser uno de los protagonistas del mundo del futuro. Y no sólo el fútbol, sino todos los deportes, incluidos los más humildes, como el hockey sobre patines, a cuyo frente consiguió para Cataluña y España honores que nunca habían conseguido. Ello le valió ser concejal de Deportes de Barcelona y, luego, delegado nacional de Educación Física y Deportes, plataforma que le abriría la puerta de la política. Pero ya en ella surge otra de sus intuiciones: la política que él vivió, tanto la española como la mundial, la política de la confrontación y de los bloques, no era la política del futuro, sino del pasado. El mundo pedía coexistencia, no guerras frías ni calientes. Las únicas guerras que deseaba era en las pistas y los estadios. Su carrera deportiva le abre las puertas de la embajada española en Moscú y la estancia en Moscú le abriría las puertas de la presidencia del Comité Olímpico Internacional, al haber muy pocos hombres que contasen con la confianza de soviéticos y norteamericanos.

Al frente del COI, Samaranch volvió a mostrar su pragmatismo: el viejo ideal olímpico no se sostenía. Era absurdo mantener la división entre atletas profesionales y aficionados, cuando en el Este eran funcionarios del Estado, y en el Oeste, empleados de las grandes marcas deportivas. Ello trajo a las Olimpiadas a las grandes figuras del deporte, al tiempo que las convertía en los mayores acontecimientos deportivos, en una maquina de hacer dinero y en una muestra de la pujanza de un país, por lo que todos se las disputaban.

Algunos se lo han criticado. Pero dio a Barcelona más de lo que Barcelona le dio a él, y quiso dárselo a Madrid, sin conseguirlo, al estar ya en su ocaso. Pero dio a la España democrática más relieve que ninguna otra personalidad -aparte del Rey,como demuestra el obituario a toda página que le dedica el New York Times. A los españoles sólo nos queda la duda de si con él se va el último espíritu de la -imperfecta, pero única posible- Transición.