Castración

JUAN MANUEL DE PRADASARKOZY no me mola nada. No me gusta cómo gallea, cómo saca

POR JUAN MANUEL DE PRADA
Actualizado:

SARKOZY no me mola nada. No me gusta cómo gallea, cómo saca pecho mientras profiere fantochadas. Sarkozy tiene el ademán resolutivo y el verbo propenso a las pomposidades propio de los gobernantes con ínfulas cesáreas; fuegos de artificio que combina con una corrección política nauseabunda cuando se trata de formar gabinete ministerial (y quizá en esta mezcolanza de protofascismo aspaventero y complejito ante la superioridad de la izquierda se resuma su condición poco fiable). Ahora, aprovechando el marasmo estival, los medios de comunicación se han empleado en glosar una ocurrencia del personaje cuya mera mención causa vergüenza: al parecer, ha propuesto «castrar químicamente» a pederastas y violadores reincidentes. Como puede advertirse, las ocurrencias de Sarkozy siempre participan de esa doble querencia que antes mencionábamos: por un lado, lanza un mensaje extremoso, para adular a los derechistas más descarnados, los derechistas del palo y tentetieso; por otro, lanza un guiño cómplice a la izquierda paleolítica, más concretamente a las dinosau rias del feminismo emasculador. Vomitivo, francamente vomitivo.

Casi igual de vomitiva se nos antoja cierta derecha española, babeando siempre ante las ocurrencias del gabacho y dispuesta a considerar sus eyaculaciones mentales como si fuesen oráculos de la Sibila de Delfos. «Castrar químicamente» a los delincuentes sexuales es una indignidad y una abyección que sólo puede ocurrírsele a un mentecato o a un demente; es como volver al Código de Hammurabi, que castigaba a los ladrones con la amputación de las manos. Los sistemas punitivos civilizados se fundan en la convicción de que el delincuente, tras penar su culpa, puede convertirse en un hombre nuevo; también en la consideración de que todo hombre, incluso el más sórdido criminal, es titular de una dignidad inalienable. Castrar a un delincuente significa pisotear esa dignidad inalienable; significa también negar su capacidad para convertirse en un hombre distinto. Aquí podría oponérseme que un pederasta no es un delincuente, sino un tarado incurable. Puede que en algunos casos así sea (aunque no en la mayoría, como luego trataré de explicar): habilítense, pues, centros psiquiátricos donde tales enfermos encuentren tratamiento adecuado; pero parece evidente que el modo de combatir las enfermedades mentales no es la amputación, física o «química». Que semejante ocurrencia bestial haya propiciado un debate, aunque sea en pleno marasmo estival, demuestra hasta qué extremo la descristianización de las sociedades europeas puede auspiciar aberraciones sin cuento. Pues sólo alguien que haya perdido la noción de la sacralidad de la persona puede proponer su castración.

Resulta paradójico que, mientras la ocurrencia del gabacho se discute, nadie se pregunte en cambio las razones por las que cada vez hay más pederastas en nuestras sociedades. ¿Hemos de pensar que esas decenas o cientos de pervertidos que cada mes pilla la Guardia Civil intercambiándose por internet fotos y videos de niños sodomizados padecen todos una tara genética? Por supuesto que no. Esos pervertidos son, en primer lugar, personas que -como el que propone su castración-han extraviado el concepto de sacralidad de la persona; y son, además, individuos cuya libidinosidad ya se ha hecho insensible a los reclamos sexuales «normales», individuos que necesitan probar «experiencias nuevas». Y la razón de que esos pervertidos menudeen como las setas en otoño no es otra que la hipersexualización de la vida cotidiana que padecen las sociedades occidentales, el constante bombardeo de reclamos sexuales que se lanzan indiscriminadamente para mantener a la gente en perpetuo estado de excitación, como perros de Paulov rezumantes de flujos. El hartazgo sexual genera hastío; y para huir del hastío, la sexualidad sin freno busca nuevos finisterres: tarde o temprano, se le ocurre sodomizar a un niño. Un gobernante humanista se preguntaría si las sociedades hipersexualizadas no serán fábricas de pederastas; se preguntaría también si esta hipersexualización no estará contribuyendo a deshumanizarnos. A un fantoche sólo se le ocurre castrar a los delincuentes sexuales.

www.juanmanueldeprada.com