Carta imposible a Íñigo Cavero

Por FERNANDO ÁLVAREZ DE MIRANDA
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TODAVÍA golpeado por tu muerte, permanece en mi memoria, Íñigo amigo, tu Cintruénigo final, donde hemos dejado descansar tu cuerpo, en un bello camposanto, alejado de todo esplendor.

Y al fin, cuando las emociones me han dejado, me he puesto a escribirte. Entiendo que, al menos en apariencia, a esta carta le falta el destinatario. Aunque en esta tarde ya no estoy tan seguro. Pienso que, en algún lugar, la recibirás. En todo caso yo he sentido la necesidad de escribírtela, y quizá en esa necesidad esté toda su justificación.

Y es que, por mucho que vuelva la mirada atrás en mi vida y mi peripecia política, tú siempre has estado ahí y siempre te recuerdo como un interlocutor permanente. Un interlocutor cordial y cercano. Y al rememorarte no tengo más remedio que evocar con nostalgia aquel tono jovial que irradiabas en tu entorno con aquel tu peculiar sentido de la vida y de la política, siempre dispuesto a desdramatizar cualquier situación por difícil que pareciese y que resultaba estímulo en los avatares, apoyo en las dificultades e inteligente «relativización» de las cosas que solo un sabio y profundo sentido del humor sabe descubrir.

Podría remontarme mucho más atrás, pero, por poner un punto de partida a mi memoria común, quiero recordarte en Munich, en aquellas frías mañanas de junio del 62, donde tu entusiasmo y tu fe contribuían a alimentar nuestras esperanzas. ¿Recuerdas? Fernando Baeza -el otro muy querido amigo que te precedió en muy pocos días- escribiría que aquel 6 de junio de 1962 era el verdadero día de la victoria, el verdadero final de la guerra civil, pues aquel día simbolizaba el primer abrazo de las dos Españas cainitas e irreconciliables, algo que, si hoy es una realidad que hemos podido disfrutar durante todos estos años, era entonces un sueño poco menos que irrealizable. ¿Recuerdas cómo Dionisio Ridruejo -algo más que el fervor brillaba en sus ojos- exclamaba con frase que en él tenía un profundo sentido que «en España comenzaba, de verdad, a amanecer»?

Recuerdo el vuelo de regreso a Madrid, en el que conjeturábamos sobre lo que nos esperaba al aterrizar en Barajas y todo el esperpéntico recibimiento que tuvimos. Entonces yo me sentía un poco responsable de lo que te esperaba con tus pocos 33 años, pero tu arrojo y tu humor en momentos tan difíciles hizo más suave incluso la despedida, y el abrazo que nos dimos cuando supimos que nos iban a separar -a ti te desterraban a Hierro, a mí a Fuerteventura- añadiendo una decepción más a nuestro asombro, al impedirnos compartir el destierro. También aquí tu genio y figura pondría su matiz humorístico diciendo que «había que quitar hierro al asunto».

Pero ni las circunstancias ni aquellas aviesas intenciones políticas nos separaron realmente. Durante años juntos seguimos trabajando juntos, soñando, luchando hasta que poco a poco fue haciéndose realidad nuestra esperanza. Juntos nos integramos en Izquierda Democrática y juntos contribuimos a dar forma a UCD, aquel hermoso intento de integración política como nunca antes conocido en España. Y al final tuvimos, juntos y casi solos, que asumir la tarea de liquidar el partido, los restos de UCD, con la mayor dignidad posible cuando ya todos los demás lo habían abandonado.

Si hoy te recuerdo todo esto, no es sólo por rememorar viejos tiempos, que sería totalmente legítimo y más en esta carta de despedida. Lo hago sobre todo para dejar constancia de tu infatigable servicio a España, para afirmar tu valía, para constatar tu coherencia política inquebrantable a lo largo de tantos años de vida pública.

Imagino que esta carta se prolongará mucho tiempo en mi vida. Quizás todo el tiempo que me resta, sea este el que sea. Siempre estarás en mi memoria. Pensar que será así, sin reducir el dolor añade una extraña alegría. En la voz de los poetas -Miguel Hernández- suena mucho mejor. En ese recuerdo dolorido y gozoso me detendré pues «tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero».