Capital del libro... en blanco

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DESDE hace algunas fechas, Madrid es la capital mundial del libro. Concebida en la pasada Feria del Libro de Fráncfort, donde también se acordó fijar esta primera edición en Madrid, la capitalidad ha presentado un programa que ya en estas mismas páginas fue criticado por su falta de imaginación, su decepcionante contenido y su carencia del fuste exigible a una cita de estas características —sobre todo si se tiene en cuenta que es la primera—. Ya desde su propio nombre cojea el proyecto, que hubiera tenido una mejor definición si se hubiera denominado Capitalidad mundial de la lectura. Puede parecer cuestión de matiz o una verdad de Perogrullo, pero conviene insistir en la diferencia entre el libro —una industria— y la lectura —una actividad intelectual—; y es ésta la que precisa de mayor apoyo y fomento, puesto que sin lectores no hay libros.

Que Madrid haya sido elegida para esta primera capitalidad mundial del libro no es casualidad ni, mucho menos, una graciosa concesión. España ha protagonizado en los últimos años un espectacular avance en este terreno. Nuestra industria editorial —la más importante dentro del sector cultural— mueve anualmente medio billón de pesetas, posee una excepcional proyección internacional en Iberoamérica y se ha situado en el tercer puesto de la Unión Europea, por detrás tan sólo de Gran Bretaña y Alemania, y superando a Francia, un logro inédito hasta ahora. Por ello resulta especialmente decepcionante el programa propuesto por los responsables de la capitalidad mundial, que han agavillado bajo el mismo lazo todas las actividades que se celebran habitualmente en Madrid relacionadas con el libro y la lectura (incluida la hilera de casetas de la Cuesta de Moyano, convertida pomposamente en «Feria permanente») bajo un mismo programa, en el que apenas se aporta ninguna idea ni aparecen novedades relevantes.

El mundo del libro atraviesa actualmente una profunda y trascendental transformación, que afecta a todos los aspectos de la industria, desde el propio objeto libro hasta la fabricación o los lugares de lectura. La implantación de las nuevas tecnologías y de los soportes electrónicos convierten esta encrucijada en la «tercera revolución» del sector, después de las que vivió con el nacimiento del libro de bolsillo y con la aparición de los best-séllers. También en este sentido resulta esta capitalidad mundial, por tanto, una oportunidad desperdiciada. Lo que podía haber servido para tender nuevos puentes a los lectores, para abrir puertas al público, se va a quedar, probablemente, en nada; como mucho, en más de lo mismo. Y serán los mismos que se interesaron el año pasado los que se interesen este año.