Cañones y mantequilla

FERNANDO FERNÁNDEZ
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Se ha muerto uno de los grandes, Paul Samuelson. Con su texto de 1948 aprendimos economía varias generaciones. La llamada síntesis neoclásica es esencialmente obra suya y ha continuado siendo el paradigma docente hasta casi los años 90. La poca o mucha economía que saben nuestros políticos se la deben a él. ¿Quién no ha citado alguna vez la disyuntiva que da título a este artículo? Tan importante como su trabajo estrictamente científico, ha sido su labor como divulgador del razonamiento económico, columnista semanal en Newsweek durante décadas, colaborador en múltiples diarios hasta pocas semanas antes de morirse.

Es verdad que no supo o no pudo entender la revolución de las expectativas racionales y la importancia de la nueva macroeconomía clásica. Obsesionado con el paro y la guerra provocados por la Gran Depresión por razones tanto vitales -su tesis doctoral era de 1947- como intelectuales -estudió a Keynes toda su vida- no pudo apreciar en toda su importancia la estanflación a la que condujeron los excesos simplistas del keynesianismo. Sus polémicas académicas con Milton Friedman ocuparon varias décadas del pensamiento económico, una apasionante batalla intelectual de Harvard-MIT contra Chicago-Columbia. Una batalla que sin duda perdió, pienso que fundamentalmente por razones generacionales, por lo que no hay que tenerle en cuenta que con la crisis financiera y la llegada de Obama cayera en algún exceso impropio de un genio. Porque fue sin duda uno de los más grandes. Con su fallecimiento se hace más verdad que nunca el dicho de que todo político es heredero intelectual de un economista muerto. Toca ahora reconocerle con grandeza sus méritos y pasar página intelectual. El mundo de hoy, la globalización, la innovación financiera, Internet, el móvil, no tiene nada que ver con el mundo del fordismo y las cadenas de producción masivas de Samuelson-Keynes.