«Cándido»

Por ALFONSO USSÍA
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LEO en las «Breverías» que Carlos Luis Álvarez, «Cándido», ha cumplido cincuenta años en ABC. Redacción en una mesa, tintero y plumilla. El patio sevillano del viejo edificio de Serrano recibiendo a un joven periodista que de Asturias venía. Luis Calvo en el reparto de las tareas, las genialidades y las vehemencias. Juan Ignacio, también vehemente, atemperando ánimos. Torcuato y Guillermo, recién estrenados en la juventud, aunque el segundo, como Andrés Fagalde, ya presentaba canas en las sienes. La generación de hoy, Catalina, Soledad y Nemesio, en el limbo anterior al nacimiento. En los descansillos de las amplias escaleras que nacían de la puerta principal, los bedeles que no se incorporaban cuando pasaba Pedro de Lorenzo, lo que tanto le hería. «Sólo lo hacen cuando pasan los Luca de Tena», protestaba como un niño soberbio y vanidoso. Por ahí lo hacía también, sin preocuparse de esas minucias, el jovencísimo «Cándido», ajeno a su porvenir en la Casa. En la calle de Serrano, todavía los Ford, los «Valilla» y los «Topolino», y, de cuando en cuando, un Citroën de largas narices, un Renault 4-4 o un Wolkswagen cucaracha, símbolos de la modernidad. Los peatones sorteando los tranvías y el vendedor del «marinerito don Periquito que sube por el hilito, la última novedad» voceando su mercancía entre niños caprichosos y amas vascas y gallegas. No era ya el Madrid de «La Colmena» pero sí de «El Jarama». Pliegos van y pliegos vienen de camino y vuelta de la Censura. Mingote ha sustituido a Xaudaró. Y claró, Pemán, Azorín, Menéndez-Pidal, Cossío, Manuel Halcón, Benavente, Gerardo Diego, Víctor de la Serna, Joaquín Calvo Sotelo, Pérez de Ayala, Ramón, Marañón, Cela y Zubiri en las «Terceras». Relatos de Aldecoa, Cunqueiro y Romero Murube. Anson, casi en El Pilar de Castelló, y Antonio Burgos, todo un niño. Agustín de Foxá envía sus artículos desde «la otra orilla», seis años antes de cumplirse su «melancolía del Desaparecer». Para celebrar cada noche el cierre del periódico, Luis Calvo organiza su tren de talentos, y hace de máquina en la madrugada con los redactores agarrados a la cintura y viajando por los paisajes domésticos. De la Redacción al Patio Andaluz y vuelta. Y Carlos Luis Álvarez, de vagón de cola.

A veces desaparecía su firma por un tiempo, pero siempre terminaba por volver. Inteligente, culto, sagaz y certero. Cuando lo quería, barroco. Si el arte se lo exigía, caprichoso y genial. Escribió un artículo del Vístula prodigioso, como el de César González-Ruano cuando florecieron los almendros. Ahí es nada, echarle un pulso a César. En las paredes, Penagos, Pla, Casas, todos. Y en mi casa, mis manos de niño esperando el turno para apoderarme del periódico y bebérmelo literalmente. En la suya, José Miguel Santiago Castelo, sin conocernos, imitándome. Soy unos meses mayor que él. En sus páginas ya firmaba Carlos Luis Álvarez, el que sería, muy pocos años después, joven y reconocido maestro.

¿Qué haría Vicente Zabala en aquellos tiempos? El joven Diego Jalón con su letra preciosa y su laconismo preciso. Los artículos de «Cándido» leídos y comentados. Para algunos, «de la cáscara amarga», para los más, de la nueva inteligencia, aquella no sometida a las pasiones de los recientes desastres. Sebastián Miranda, Antonio Díaz-Cañabate y Domingo Ortega compitiendo en banquetes de gorra. Eduardo Manzanos volando en epigramas, con Pérez-Creus y Manolito el Pollero. Ya Manolo Alcántara y Jaime Campmany en la competencia, destacando en excelencias. Pasillos de madera con sonido de fuente sevillana. No lo viví, pero lo figuro. Luis Calvo tronante. «¡Qué venga «Cándido»!». Y como hoy, Carlos Luis que ponía cara de circunstancia griega, y acudía al despacho del Director. Dicen que fue ayer, hace cincuenta años.