El cáncer y la crisis

JOSÉ MARÍA CARRASCAL
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¿QUIÉN está a favor de curar el cáncer? Si hiciésemos esta pregunta en una sala, veríamos alzarse un bosque de brazos. Todo el mundo está a favor de curar el cáncer. Pero si la pregunta fuera: ¿Quién está a favor de que le bajen el sueldo para curar del cáncer?, seguro que ya no habría tanta unanimidad. Unos porque apenas les llega el sueldo para vivir, otros por apostar a no caer enfermos de ese mal, preferirían seguir ganando lo de siempre.

Pues eso exactamente es lo que ocurre con las propuestas del Gobierno para salir de una crisis, cuya semejanza con el cáncer es terrorífica. ¿Quién no está de acuerdo con aumentar de la competitividad de nuestras empresas? ¿O de hacerlas más productivas? ¿Quién no está a favor de reducir el desbocado déficit público? ¿O de que las administraciones salden antes sus deudas con sus suministradores? ¿Quién puede oponerse a que se faciliten créditos a las empresas, para que puedan crear puestos de trabajo? Habría que estar muy loco o ser muy tonto para oponerse a las propuestas que contiene el escuálido documento presentado por el Gobierno a los demás partidos.

El problema es: ¿cómo se consigue todo eso? ¿Qué criterios se aplican para lograrlo? Porque no basta decir: «Vamos a ser competitivos», para serlo, o «Vamos a ayudar a las empresas», para conseguirlo. Hace falta disponer de los medios adecuados y elegir las prioridades necesarias. ¿Se rebajan los impuestos o se suben? ¿Se recorta el gasto público o se aumenta? Y en el caso de que se reduzca, ¿dónde?, ¿cuándo? Lo que no se puede es exponer a la redacción del «Financial Times» los detalles del ajuste económico previsto por el Gobierno, y declarar poco después ante un foro laborista que «el ajuste no se hará hasta que haya empezado a crearse empleo», como acaban de hacer en Londres el presidente español y su «zarina» económica.

Como no se puede decir un día que la edad de jubilación se retrasará a los 67 años, devolverla al siguiente a los 65 actuales, y restituirla nuevamente a los 67. O rechazar la rebaja del sueldo de los funcionarios, presentarla luego como alternativa y volverla a rechazar a continuación, como acaba de ocurrir. Así no se logra un pacto. Así se pierde toda credibilidad, que es la clave en este tipo de situaciones. Nada de extraño que el «Wall Street Journal», al que no parecen haber convencido los argumentos de la señora Salgado, titule: «La próxima batalla del euro, en España», añadiendo que nuestro país «puede determinar si la divisa de los 16 países se cae o se mantiene». Por no hablar ya de España, que quedaría para el arrastre. ¿Conspiración anglosajona? Mejor que buscar culpas en el exterior, sería ocuparnos de buscar las nuestras, viviendo por encima de nuestras posibilidades, montados en el tren de una moneda mucho más fuerte que nuestra economía, sin querer oír las voces que advertían del descarrilamiento que se avecinaba.

Y el primero que tendría que hacerse esa reflexión es el principal responsable, el Gobierno, que antes de preguntar a los demás partidos qué medidas proponen para resolver la crisis, tendría que tener claro y exponer aún más claro cuáles son las suyas. Porque trazar unas directrices generales sin hacer ni una sola propuesta concreta, como ha hecho en el famoso papelito, son ganas de aumentar la confusión y de sembrar la desconfianza. Abriendo la puerta a la sospecha de que intenta que los demás le hagan el trabajo sucio -adelantar las propuestas más impopulares- para poder decir al electorado: «¿Veis? Me lo piden los demás, así que no tengo más remedio que adoptarlas». Para, si salen bien, llevarse los laureles, y si salen mal, la culpa es de los otros.

¿Conspiración? Sí, la de aquí dentro.