Un cáncer moral

JUAN MANUEL DE PRADAPUBLICABA ayer Rosa Díez en este periódico un artículo de

Por JUAN MANUEL DE PRADA
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PUBLICABA ayer Rosa Díez en este periódico un artículo de una belleza áspera y estremecedora, titulado «Gente corriente», el que, glosando una cita de Primo Levi, comparaba la situación de los judíos en la Alemania nazi con la que hoy padecen quienes se oponen a los designios nacionalistas en el País Vasco. No faltarán quienes juzguen desmesurada la comparación; pero creo que Rosa Díez ha acertado a designar el cáncer moral que corrompe a la sociedad vasca, que empieza también a corromper a una parte nada exigua de la sociedad española. La agresión recibida por Antonio Aguirre se erige en metáfora acongojante de ese cáncer. No tanto la agresión en sí como lo que vino a continuación: acongojaba ver a la gente congregada en torno al agredido, increpándolo con ensañado regocijo; acongojaba la impertérrita pasividad de la policía autonómica, que no se molestó siquiera en aprehender al agresor; acongojaban las palabras de la portavoz del Gobierno Vasco, calificando de «contramanifestación» la presencia en el lugar de representantes de un movimiento cívico que cumplían con un deber legal; acongojaba la negativa de los parlamentarios socialistas a condenar en el Congreso de los diputados semejante vileza... Una congoja de índole casi metafísica.

En su artículo, que tenía la fuerza revulsiva del «Yo acuso» zoliano, Rosa Díez recordaba a aquellos buenos alemanes que fingían despreocupación cuando veían desaparecer de la noche a la mañana a los judíos que habían sido sus vecinos, que se encogían de hombros cuando les llegaban noticias sobre su destino aciago, que se tapaban la nariz cuando el humo de los hornos crematorios anubarrada el cielo. «Algo malo habrán hecho», solía ser entonces el comentario indiferente o cobarde con que se despachaba el infortunio de los judíos. La connivencia ante la injusticia quizá sea el rasgo más característico de las sociedades podridas; naturalmente, quienes se rebelan contra esa injusticia son inmediatamente tildados de agoreros, condenados al descrédito, expulsados a las tinieblas exteriores. Y así se produce esa sobrecogedora inversión moral que hoy ya padecemos en España: quienes se atreven a denunciar la injusticia son señalados con el dedo como causantes de esa injusticia, como elementos subversivos que impiden a la «gente corriente», a los buenos ciudadanos, a los estómagos agradecidos, el pleno disfrute de una paz hedionda.

Cuando vi las imágenes que registraban la agresión a Antonio Aguirre me vino a la memoria un chiste terrible que en cierta ocasión le oí contar a Gila. Decía más o menos así: «Iba yo dando tranquilamente un paseo con mi mujer y de repente asistimos a una escena espeluznante. Un hombrecillo enclenque estaba siendo golpeado sin piedad por dos individuos fortachones, dos matones curtidos en el gimnasio, ante la indiferencia de quienes por allí transitaban. El hombrecillo había recibido primero una tunda de puñetazos; una vez caído en el suelo, llovió sobre él un pedrisco de puntapiés. Yo no podía permanecer ajeno a lo que estaba sucediendo. Me dispuse a intervenir, pero mi mujer trataba de impedírmelo: «¿Estás loco, Manolo? ¿Quién te manda meterte en líos?», me decía. «Quita, mujer, quita -le respondí-. ¿Cómo crees que puedo contenerme, ante semejante espectáculo? No podría perdonármelo jamás». Después de muchos forcejeos, logré vencer la resistencia de mi mujer. Me remangué la camisa y me metí en la refriega... ¡Cómo lo pusimos entre los tres!». Y Gila concluía su chiste con un gesto de plácida satisfacción, el gesto orgulloso de quien ha cumplido con un deber cívico, de quien ha contribuido a restaurar la justicia.

Encarnizarse con el débil ha constituido siempre una de las expresiones más obscenas de la naturaleza humana. Pero cuando ese encarnizamiento es admitido por quienes deberían reprimirlo y condenarlo, cuando ese encarnizamiento es contemplado con naturalidad, incluso con regocijo, azuzado y jaleado desde instancias de poder, nos hallamos ante un cáncer moral de muy difícil extirpación. Un cáncer en plena metástasis que devora los últimos residuos de dignidad social.