Cambio de lenguaje

POR M. MARTÍN FERRAND
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ENTRE los muchos fracasos de la Transición, de la Educación a la Justicia, el que conlleva una mayor oportunidad perdida es el de no haber creado un nuevo lenguaje político, un nuevo modo de aliviar las discrepancias y fortalecer las coincidencias. Seguimos en donde estábamos, sin la deseable tala que aconsejaba la experiencia, y nos hemos adaptado al lenguaje común europeo que, desaparecidos los grandes padres que reinventaron el Continente, tiene mucho de funcionarial y rutinario y, lo que es peor y con grandes arrebatos socialdemócratas, convierte al individuo en protagonista fiscal antes y mejor que en célula de libertad. No es raro, en consecuencia, que Europa nos valore más por lo que fuimos que por lo que somos y, por ejemplo, cuando ante una crisis común el presidente de turno de la UE -ahora, Nicolás Sarkozy- convoca en París a los hombres clave de la economía se «olvida» de José Luis Rodríguez Zapatero, un protagonista prescindible por su propia y cambiante vacuidad.

Todo se nos va en gestos y posturitas. Lo nuestro es el toreo de salón. El de verdad, frente a frente con el toro, conlleva el riesgo de los revolcones y las cornadas. Cuando parece que los dos líderes de la bipolaridad partidista que oculta nuestras muchas carencias democráticas están dispuestos a hablar y buscar soluciones para un mal que angustia a la población, ambos aprovechan el caso para lucirse y mejorar sus horizontes electorales. Desaprensivamente ignoran que el problema no es el de los muchísimos españoles que ya tienen dificultad para llegar a fin de mes; sino, principalmente, el de los muchos que, ya instalados en un paro mejor o peor subsidiado, no tienen ni para empezarlo.

Esa situación, indeseable y esperpéntica, encuentra momentos que conviene aventar de su carga anecdótica para que podamos tomar razón cabal y responsable de quiénes son, y cuál es la enjundia, de muchos de los personajes a quienes hemos encomendado la gestión de nuestro futuro común. Una cosa es que Francia no nos conceda el rango que le otorga a Alemania, Reino Unido o Italia -la parte europea del G-8- y otra que Sarkozy tenga más razón que un santo al no convocar a un líder socialista, como el nuestro, que se retrata a diario en un escudero risible capaz de asegurar cuando más arrecia la tormenta: «El PP aspira a derribar el edificio financiero para quedarse con el solar».

Creo que, por ciudadanos, contribuyentes y demócratas, tenemos derecho a que la democracia interna de los partidos nos evite, por selección, la presencia de muñequitos de este porte sin más oficio que el de la bronca y sin otra pretensión de beneficio que el meramente partidario. Un mínimo respeto a la Nación, la inteligencia y los ciudadanos es el fundamento del cambio de lenguaje que la Transición dejó pendiente.