El cambiante Zapatero

M. MARTÍN FERRAND
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SE equivoca Rigoletto cuando asegura que la donna _ mobile. ¿Hay alguien más mobile, más cambiante e indeciso, que José Luis Rodríguez Zapatero? Hace sólo unos días le negó a Mariano Rajoy el ajuste del gasto público que, con buen sentido, le reclamaba el líder de la oposición. Incluso tuvimos que soportarle una explicación cantinflesca sobre la inconveniencia de un recorte presupuestario en razón de sus indeseables efectos sociales; pero ha bastado una insinuación europea, sólo un susurro, para que lo que ayer era dogma de la fe política socialista sea hoy un principio de sabiduría económica. Recortaremos el gasto. ¿Cómo? A juzgar por sus antecedentes de sumisa debilidad, el presidente tendrá que consultarlo con los «agentes sociales», esa mandanga que utiliza -unas veces como burladero y otras como ariete- para no encarar la responsabilidad que le compete. Ya veremos lo que dice Cándido Méndez, vicepresidente fáctico, asesor económico y director espiritual del líder socialista.

Es Zapatero quien muta d´accento e di pensier. Lo hace a la menor provocación que venga de fuera, que para algo está señalado como «líder planetario» y, aunque su dimensión sea de cercanías, no renuncia a las largas distancias. En esta su segunda legislatura, tan previsiblemente calamitosa, no ha perdido ninguna oportunidad para cambiar de opinión y defender hoy lo que ayer denostaba. O viceversa. Eso, supongo que suponen sus setecientos asesores monclovitas y todos los sabios externos que le iluminan, debe de ser electoralmente útil; pero, en lo que afecta al rigor y la relevancia exigibles a un jefe de Gobierno, es tan descalificador como ridículo. Más lo segundo que lo primero.

En su empecinado afán de hacer la tortilla sin romper huevos, el socialista pretende reducir el déficit sin subir los impuestos ni tocar el sueldo -menos aún el número- de los funcionarios. Busca la piedra filosofal y, aunque los brujos y los alquimistas ya no son lo que eran, eso podría llevarle a la hoguera o, peor aún en el terreno de lo risible, llegar a tropezar con su propia piedra mientras el país -materialmente- se arruina económica y moralmente. No hay prozac en todo el mundo para atajar la depresión que afecta a los cuatro millones y medio de parados; doce, si contamos a sus familiares y treinta si consideramos también a sus vecinos. De hecho, a cuantos no son funcionarios o jubilados.