California, mal ejemplo

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El desastre de California es una demostración de los efectos más nocivos que se pueden derivar de un proceso de desregulación llevado a cabo a ultranza dentro de un servicio esencial para el desarrollo económico y social de la humanidad como es la energía eléctrica. Si no fuera porque la causa que ha provocado el gran apagón es artificial, la crisis que vive California podría interpretarse como un verdadero aviso del Cielo.

California emprendió la liberalización de su mercado eléctrico en 1996 y lo hizo sin encomiendas, con un objetivo básico orientado a reducir los precios. La traducción de esta medida provocó la pérdida de todo incentivo a la construcción de nuevas centrales de generación de energía eléctrica, lo que coincidió al mismo tiempo con un crecimiento sostenido de la demanda. Además, la desregulación tuvo la singularidad de separar la generación de la distribución. En otras palabras, la producción de electricidad dejó de estar bajo el control del Estado y pasó a regirse por las leyes del más soberano mercado de oferta y demanda, en tanto que el precio de venta al consumidor se mantenía como materia regulada para evitar la especulación. La acumulación de todos estos factores ha dado como resultado la aplicación de precios desorbitados en el segmento de generación que no se han podido repercutir aguas abajo, con lo que las empresas distribuidoras se han visto abocadas al cierre, colocando el cartel de «apaga y vámonos» en un Estado de 34 millones de habitantes que, si fuera país independiente, ocuparía el sexto lugar del mundo.

En España, la situación tiene algunos elementos comunes, empezando por un crecimiento de la demanda en tasas del 6 por ciento, que empiezan a ser preocupantes aun cuando nuestro país disponga de una red suficientemente mallada. Por fortuna, además, el pasado año hidráulico asegura el suministro eléctrico para todo el presente ejercicio, si bien no es menos cierto que la electricidad no es un bien que se pueda almacenar, por lo que siempre se requiere disponer de una potencia holgada.

Sin embargo, la liberalización del mercado eléctrico emprendida en España no ha seguido el modelo californiano, que hasta hace poco tiempo era aplaudido desde determinadas instancias políticas. Al contrario, la integración vertical del sistema eléctrico ha sido una constante en la evolución y el desarrollo de todas las operadoras del sector, empezando por la propia Endesa, que cimentó precisamente su liderazgo a partir de un proyecto empresarial como empresa global con una clara política de expansión en la distribución de energía eléctrica. A ello hay que unir sistemas como el de las CTC´s y otras medidas complementarias que han servido para garantizar el buen funcionamiento de la energía eléctrica en España.

Es cierto que la liberalización de los mercados y la introducción de mecanismos que faciliten la competencia se ha empleado como un argumento de la lucha antiinflacionista, pero el Gobierno ha tenido siempre cuidado de complementar la desregulación con una atención especial por asegurar los suministros.

La debacle de California debe servir como ejemplo de la distorsión que pueden suponer los alardes liberalizadores cuando se invocan todas las consecuencias sin contrapesar todas las garantías. En este sentido, no sería desdeñable que los agentes del sector, desde el Gobierno y sus organismos reguladores, hasta las empresas que configuran el mapa eléctrico, hicieran una reflexión seria y profunda sobre la necesidad de abordar una nueva planificación a largo plazo de los recursos energéticos que va a necesitar España en los próximos 20 años. El modelo sobre el que se asienta es un buen punto de partida.

California debe suponer también un buen escarmiento para los que han olvidado que el crecimiento económico de las naciones sólo puede estar alimentado con la garantía del suministro eléctrico. No existen industrias viejas, sólo existen industrias obsoletas y la nueva economía como horizonte de progreso no es otra cosa que el desarrollo de aplicaciones basadas en lo que podríamos denominar la «electrotecnología».