M. MARTÍN FERRAND
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La calidad democrática

EN el Reino Unido, la sociedad democrática más viva de Europa, las gentes se

POR M. MARTÍN FERRAND
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EN el Reino Unido, la sociedad democrática más viva de Europa, las gentes se hacen lenguas, a mitad de camino entre el escándalo y la condena, porque su primer ministro Tony Blair pasa las vacaciones de fin de año en Miami, en la residencia de Robin Gibb. Es, como suele suceder en el mundo anglosajón, cuestión de formas. Los ciudadanos, que saben quiénes son sus representantes, les exigen una conducta recta -¡no faltaba más!- y una apariencia impecable. Algo que aquí echamos en falta quienes quisiéramos una democracia distinta de la que impone nuestro sistema electoral y distante de la que tanto propician, sin excepción, los grupos políticos que ocupan los diecinueve Parlamentos de la Nación.

Robin Gibb, con sus hermanos Barry y Maurice, integraron los míticos Bee Gees, a quienes, incluso los menos amantes de la música de nuestro tiempo, recordarán por la banda sonora de la película que lanzó a John Travolta, «Fiebre del sábado noche». En la actualidad vive el músico en una lujosa mansión de Cayo Vizcaíno en la que ha recibido como huéspedes al matrimonio Blair. Los diarios ingleses han desatado la polémica. Después de recordar la afición de la pareja a descansar en residencias de notables, desde Silvio Berlusconi a Cliff Richard, los colegas británicos y el Partido Conservador quieren saber quién paga estas vacaciones y despejar la incógnita, si son gratuitas -algo que incomoda a la mayoría-, de una posible relación de la invitación con la campaña desplegada por Gibb para que los derechos de autor tengan un plazo de vigencia más largo que el que actualmente se contempla.

Reseño el caso con admiración cívica. Nuestro Blair doméstico, José Luis Rodríguez Zapatero, pasa estos días de vacaciones en Doñana, algo que pagamos todos y nadie apunta una nota crítica ni, mucho menos, la circunstancia produzca escándalo, como tampoco lo produjo la de sus antecesores en La Moncloa. Ningún primer ministro europeo dispone, como los nuestros, de las instalaciones públicas para su recreo privado. Ese es un lujo protocolario que sólo corresponde a los jefes de Estado; pero aquí aceptamos como «normal» que cada quisque con firma en el BOE, o en sus diecisiete boletines clónicos, vaya y venga, entre y salga, duerma o esté despierto, en las suntuosas instalaciones que mantienen nuestros impuestos e integran el patrimonio común.

La dignidad del poder, que es el gran remate que adorna la democracia, exige una conducta transparente y ejemplar de los líderes políticos. El hecho de concurrir a unas elecciones establece un compromiso de conducta que debiera arrancar por la diáfana separación entre lo público y lo privado. Una democracia adormecida acepta con un «qué más da» la vacación de Zapatero; una más viva y pujante, arma la tremolina por una apariencia indebida. Es una diferencia que no marcan los gobiernos, sino los gobernados.