Caballo de Troya

No es astucia sino trampa. Tongo parlamentario, fraude de ley, contrabando político, marrullería bolivariana

Ignacio Camacho
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La fullería en el juego no es astucia sino tongo, trampa. Y la fullería en el juego parlamentario son trampas democráticas. Las que ha hecho el Gobierno para sortear el veto del Senado se parecen demasiado a la marrullería bolivariana, quizá porque de ciertos socios todo se contagia. Es chapuza chavista, pura pulsión autoritaria, contrabando político, fraude de ley contra la legitimidad de una Cámara. Y también una muestra palmaria, diáfana, de lo que sus autores están dispuestos a hacer para conservar un poder que asaltaron por la puerta falsa.

El truco más innoble de este esquinado manejo –que el TC le revocó al PP en otro tiempo– es el de usar como caballo de Troya una ley contra la violencia de género. Al mismo Ulises le hubiese parecido un subterfugio rastrero. La oposición se tragó el truco porque a sus dirigentes no se les pasó por la cabeza que en un asunto así les fueran a malversar el consenso. Ingenuos: con esta gente habría que revisar hasta una edición del Evangelio. En cualquier texto te pueden colar de estraperlo una martingala del 21 por ciento. Acostumbrados a la copia en bruto se han tomado al pie de la letra a Maquiavelo en aquello de los fines y los medios. Porque esta vez lo escabroso era el fin: burlar la soberanía del Parlamento.

Y además lo han hecho de un modo tan desahogado que ni siquiera se cortan a la hora de justificarlo. Consideran espuria la mayoría del Senado porque representa a los españoles que no les han votado. Ésa es la cuestión de fondo, el inquietante sesgo totalitario de una coalición capaz de proscribir los derechos participativos de la mitad de los ciudadanos. Un sentimiento dogmático de superioridad que declara a los rivales culpables de hallarse en el bando equivocado. En Podemos no resulta extraño; al fin y al cabo su proyecto, inspirado en y por el régimen venezolano, consiste precisamente en la extirpación de la disidencia, en el confinamiento del adversario. Tampoco sorprende en los nacionalistas, que llevan practicando su particular variante de limpieza étnica desde hace años. Pero el PSOE tenía, desde la Transición y hasta la irrupción de Sánchez, una tradición relativamente honorable de partido de Estado. Ninguno de sus líderes ha sido un santo y todos han usado el poder sin remilgos ni reparos, pero es dudoso que hubieran permitido este sucio amaño, este golpe de baja intensidad infiltrado en una ley contra los malos tratos. Porque no hay objetivo pragmático que justifique tan desaprensiva adulteración moral de un combate que en la sociedad contemporánea tiene especial significado.

Los partidos de centro-derecha ya saben que se enfrentan a oponentes dispuestos a cualquier clase de maniobra artera. Deberían haberlo aprendido en el caso de la tesis fraudulenta; por algo ironizaba Quincey que se empieza por cometer un crimen y se acaba por no ceder el paso a las abuelas.

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