Bush contra Irak, la tradición familiar continúa

Por Pedro RODRÍGUEZ
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Tras ocho años de escándalos perpetuos y toda una farsa rocambolesca que se resiste a terminar, Estados Unidos ha vuelto a recordar ayer que la Casa Blanca es un lugar donde se toman decisiones de vida o muerte. George W. Bush, sin esperar a cumplir un mes en el Despacho Oval, ha ordenado su primera acción militar contra el régimen de Sadam Husein. Un enemigo bastante familiar, nunca mejor dicho.

El ataque sorpresa contra varias instalaciones militares al sur de la capital iraquí es la lógica continuación de los muchos reproches de incompetencia a la hora de tratar con Irak lanzados por los republicanos contra la saliente Administración Clinton. En su campaña presidencial, W. ha criticado abiertamente que se haya permitido a este explosivo peligro con petróleo salirse de la «caja» en la que quedó confinado tras su aplastante derrota militar en «Desert Storm».

La limitada intervención del Pentágono, desarrollada en dos horas y media, se ha centrado contra varios radares iraquíes que amenazaban a los aviones norteamericanos y británicos encargados de proteger las llamadas «zonas de no vuelo» decretadas tras la liberación de Kuwait en 1991. Washington considera el ataque como una visible advertencia de renovada mano dura contra Bagdad. Estrategia que también aspira a resucitar el debilitado consenso internacional en contra de Sadam Husein, empezando por un respeto de las cada vez más burladas sanciones económicas dictadas por la ONU.

Para abrir boca, George W. Bush ha empezado su travesía presidencial facilitando millones de dólares a diversos grupos opositores con la esperanza de precipitar el final de la era Sadam en Irak. Claramente, el hijo de esta saga política norteamericana —que rivaliza directamente con los Kennedy— aspira a terminar el trabajo inconcluso de su padre. A su alrededor no le falta gente con experiencia.