Buenos, ¡y bravos!

OTI RODRÍGUEZ MARCHANTE
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El Gran Teatro del Liceo no hizo ni un mal gesto, sino todo lo contrario, se acomodó ante la hermosa tarde de toros que celebró ayer en su noble interior. Hermosa, rara y, sin duda, triste. Que mezclaba imágenes de la Monumental con los «huevos» limpios y el «Let it be» de los Beatles con la voz de Pintingo, y que se hizo antes visible por los ausentes que por los presentes, todos taurinos y entregados a un deseo que hasta ayer podría parecer aquí en Barcelona extravagante: «la libertad de ir a los toros», lo que, según Francis Wolff, la necesidad de pedirla y defenderla convierte a Barcelona en una «tierra de resistencia».

En la primera faena de intervenciones (brillantísimas de Andrés Amorós, Pere Gimferrer, Antoni González, Francis Wolff, François Zumbiehl, Luis Francisco Esplá y Enrique Ponce) ya se notaba que sólo iba a faltar una más, imposible, la de un ejemplar de una ganadería de postín, no sé, un vitorino, un miura, un pablorromero, que le añadiera un lazo, un broche, un brochazo, a un argumentario tan poético y variado, y que, a poco que se hubiera alineado con su contraplano, es decir, ayer tarde, con Esplá y Ponce, hubiera acabado su discurso con esta frase: «Quiero vivir, dejad que me toreen».

En la segunda faena (Ángel Expósito, Luis Corrales, Joaquín Moeckel, y los políticos Albert Rivera, Rafael Luna, David Pérez y Santiago Vila), menos lírica pero más en la lidia y contienda, también hubo una ausencia flagrante: qué menos que uno o dos antitaurinos en esta plaza y en esta lidia, con el fin de que, empujados por ese «buenismo» y «animalismo», alguien hablara de lo buenos que son los toros... Porque eso es, precisamente, lo que necesita la Fiesta, que los toros sean buenos, ¡y bravos!