El buen gobierno

IGNACIO CAMACHO
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NO era el Dream Team y hasta tenía sus toques estrafalarios, pero gobernó con solvencia y sin sectarismo. Pactó con los nacionalistas sin liquidar el Estado y cumplió con eficacia los difíciles objetivos de la convergencia europea. Emprendió y culminó reformas imprescindibles para cambiar el curso de una economía en declive. Trocó el déficit, la inflación y el paro por una próspera estabilidad sin precedentes. Aguantó una acometida sangrienta del terrorismo y gestionó una tregua sin ponerse de rodillas. Fue pragmático, moderado y flexible, e hizo las cosas tan bien que murió de éxito, cuando la posterior mayoría absoluta, lograda gracias a esa gobernanza idónea, le levantó los pies del suelo.

El primer Gobierno de Aznar fue el Camelot del centro-derecha español y, como la Corte de Arturo, se descompuso por el pecado de la soberbia. Esa foto que ayer se repitió en Madrid, con un inevitable aire de nostalgia, es el póster de un programa político que no ha caducado: el del reformismo centrista, más necesario que nunca en esta hora de descomposición y sectarismo. Por desgracia, los errores de la segunda etapa aznarista han borrado parte de sus asombrosos éxitos, instalando al ex presidente en la memoria colectiva no como el hombre honesto que cohesionó a un país en quiebra, sino como el arrogante y cesáreo mandatario que despreció el «Prestige», provocó una huelga general y embarrancó a la nación en el pantano de Irak.

Aznar fue las dos cosas, pero la positiva duró seis años y la negativa, sólo dos. Esa imagen de ayer contiene un mensaje incontestable: desde la humildad, desde el diálogo, desde la moderación, la derecha española puede y sabe gobernar con templanza, firmeza y pragmatismo, y ofrece alternativas de confianza en las horas de deriva e incertidumbre. Y puede construir acuerdos de estabilidad, incluso con los nacionalismos, sin fracturar la médula del Estado.

Pero el mensaje es válido también para el propio Aznar y para aquellos de sus colaboradores que se han empeñado en despreciar su propio legado, enfatizando posiciones dogmáticas e integristas que sólo sirven para desestabilizar a sus sucesores. En los últimos tiempos, el PP ha ganado cuando ha sabido volver a aquel razonable espíritu de centro y de concordia: Madrid, Valencia, Galicia. Y ha perdido cuando ha dejado prevalecer el hosco ceño de la intransigencia. En España las mayorías se construyen desde la versatilidad, la apertura y el entendimiento. El triunfo del zapaterismo ha consistido en sacar a la derecha de la moderación con una estrategia provocadora y divisionista, ayudado por la contumacia de ciertos caballos de Troya. Por eso, aunque la foto de ayer es de justicia para reconocerle a Aznar su mérito histórico, conviene recordar que es a Rajoy a quien ahora compete poner en valor la herencia de aquel buen Gobierno.