Bruselas, ¿tumba de Zapatero?

JOSÉ MARÍA CARRASCAL
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«Italia, mi ventura, Flandes, mi sepultura». Así rezaba el lema de los Tercios españoles. Cuatro siglos después, Bruselas puede ser la tumba de Zapatero, a poco que ejecute la política que se había trazado como presidente de la UE. El plan era tan sencillo como ingenioso: Europa empieza a recuperarse, mientras España no lo hace. Él se asigna el mérito de la recuperación europea para calmar el desasosiego español, gana tiempo hasta que sintamos sus efectos y llega a las elecciones de 2012 en condiciones de competir. Por eso empezó la presidencia tan farruco.

Pero como todas las cuentas de Zapatero -la negociación con ETA, los nuevos estatutos-, éstas le están saliendo también como las de la lechera. A los europeos no puede engañarles tan fácilmente como a los españoles y de entrada, le han marcado el terreno con líneas rojas. Esas propuestas suyas, tan sonoras, tan vacías, tan altisonantes, han hecho sonar los timbres de alarma en Bruselas y Estrasburgo, donde conocen a los fantasmones antes incluso de que abran la boca. De ahí que no hayan perdido tiempo en llamarle al orden. El varapalo, recogido y aumentado por los medios de comunicación más prestigiosos, ha sido tan fuerte que lo ha acusado incluso un autista como él a toda sugerencia extraña. Zapatero se presentó el miércoles ante el Parlamento europeo en su versión más humilde, modosa, apocada. Aún así, las advertencias siguieron: ¿cómo quiere arreglar la economía europea si no consigue arreglar la española?, fue el disparo ante la proa. Obligándole a buscar refugió en lo más melifluo de su programa, contra lo que no podía estar nadie: «cooperación», «pacto social», «actitud a la altura de las circunstancias», sin atreverse a hacer propuestas concretas. Alguien ha debido de explicarle que aquel parlamento, incluso medio vacío, no era el español.

Pero Zapatero no sería Zapatero si siguiese en esa línea candorosa. Además de seguir en esa línea, todo su plan se le viene abajo, al no poder adjudicarse la recuperación europea. Así que, tarde o temprano, más lo segundo que lo primero conociéndole, volverá a las andadas, con sus planes de «economía sostenible», «diálogo social» e «interconexiones de mercado», que, al abarcar todo, no abarcan nada y resultando tan peligrosos como una pistola cargada en las manos de un niño.

Europa, en fin, le tiene tomadas las medidas y no va a permitirle que haga en ella las barbaridades que ha hecho en España. Claro que si Europa no se lo permite, ¿cómo va a poder seguir haciendo barbaridades en España? Ese es hoy su dilema, del que sólo podrá sacarle Berlusconi ofreciéndole un buen empleo en su imperio, como a tantos izquierdistas españoles, que hasta hace poco le denigraban o presumían de nuestro sorpasso. Italia nuestra ventura, Flandes nuestra sepultura. En España no ocurre nada nuevo, no ya en décadas, sino en siglos.