Britania: orgullo y prejuicio

Por Benigno Pendás, Profesor de Historia de las Ideas Políticas
Actualizado:

VACAS locas, cerdos con fiebre, trenes que chocan y descarrilan, submarinos averiados, ministros que dimiten con escándalo, grandes almacenes de regreso al refugio insular, elecciones aplazadas ... Más cosas: reformas absurdas de la Cámara de los Lores, debates estériles sobre la Monarquía, dudas sobre la caza del zorro. ¡Cuántas desgracias afligen a la gloriosa Britania! ¡Cuánta nostalgia de Rudyard Kipling y del capitán Cook, de los valientes marinos del Beagle y de las expediciones con Joseph Conrad al mismísimo «corazón de las tinieblas»! ¡Qué difícil nos lo están poniendo a los anglófilos impenitentes!.

El Reino Unido sufre con resignación la quiebra de su imagen flemática, utilitarista y respetable, mientras la denostada Europa continental (un simple dominium regale para los pensadores políticos ingleses) ajusta cuentas psicológicas, no sin fruición, con la histórica prepotencia del Imperio ya caduco. Un reciente editorial, con el título ingenioso de Home thoughts, publicado en The Daily Telegraph ofrece un diagnóstico veraz y nada complaciente, muy británico por cierto, de la situación: «Nunca ha caído tan bajo nuestra imagen ante la opinión pública internacional». Sigue a la frase rotunda una relación inteligente, llena de matices y requiebros, propia de una mente formada en el empirismo y el sentido común, acerca de los pros y los contras del asunto. «¿Qué nos queda todavía?», se pregunta fríamente el editorialista. Responde: «el Parlamento, la Monarquía, el Common Law, el Ejército y la Policía».

No es poca cosa, me parece. En medio del desconcierto y la crispación, emergen con solidez las instituciones acreditadas por el paso de los siglos y por la confianza y seguridad que otorgan las tradiciones. Me interesa ahora, como estudioso de la historia constitucional, prestar atención singular al Parlamento y al Derecho. Ante todo: ¡cuidado con las Cámaras de Westminster! La mentalidad constructivista combinada con la estrechez intelectual del laborismo gobernante ha perpetrado una reforma inútil de la House of Lords, que ni convierte a la vieja Cámara en una expresión genuina de la lógica democrática ni respeta el juego delicado de frenos y contrapesos, demasiado sutil para mentes geométricas, en que consiste la forma de gobierno inglesa. Cuidado con los errores. No conviene incomodar al espíritu de las leyes, ni se debe menospreciar a la Magna Carta, la Revolución gloriosa o el Bill of Rights, ni hay motivo para sobresaltar en sus tumbas a Dicey, Maitland y otras primeras figuras del Derecho público del país. Las tradiciones son intangibles, sea la brillante procesión del Speaker de los Comunes (ya saben: a pesar de su nombre... ¡no habla!), sea la extraña manera que allí tienen para contar los votos, sea, en fin, el procedimiento de las «tres lecturas» para discutir los proyectos de ley, de origen, cómo no, consuetudinario: la mayoría de los M.P. no sabía leer y era preciso que alguien (un «letrado», imagino) leyera en público el texto antes de comenzar a debatirlo. Un origen, por supuesto, dignísimo; porque, como el personaje de H. Melville, muchos de aquellos parlamentarios eran, en efecto, analfabetos, pero acaso sabían cantar y a veces, como el ruiseñor analfabeto, sabían componer su propio canto.

Es estupendo, por otra parte, que los ingleses consideren al Common Law entre lo más valioso de sus activos. He aquí un sistema jurídico ágil, flexible y pragmático, heredero de la mejor jurisprudencia romana, orgulloso de su origen judicial y no leguleyo, que percibe a la ley escrita como una injerencia molesta y hace profesión de fe de su carácter casuístico y de su desconfianza por las fórmulas abstractas. Siempre recuerdo a este respecto una respuesta de John Elliot a la pregunta enfática de algún interlocutor bienintencionado acerca del presente y el futuro de Europa y de su cultura: «mire usted; siendo inglés, soy incapaz de pensar en estas categorías tan enormes». En fin, ese Derecho común fue capaz de generar sus propios héroes de la libertad frente al poder, como el famoso juez sir Edward Coke, vigoroso oponente del absolutismo Tudor en el siglo XVI, y ha sabido también resistir, no sin esfuerzo, a otro enemigo potencial del imperio de la ley y de la libertad individual que circula en nuestros días bajo el nombre sugestivo y servicial de «Estado de bienestar». Al final, los ingleses saben muy bien que la libertad no es hija de la retórica apasionada, sino del interés racionalizado, mucho más prosaico y anodino. O, dicho de otro modo, más grato a su mentalidad: que la tiranía desaparece cuando su ejercicio resulta técnicamente imposible. «Piensa que no es el Rey el que te destierra, sino tú a él», dice el personaje de Shakespeare.

¿Qué necesita Britania para afrontar la crisis? Visto desde fuera (y los españoles sabemos un poco de decadencias imperiales), vale cualquier receta que no sea la política neutra e indiferente de Tony Blair o el pensamiento ingrávido de A. Giddens y sus acólitos de la «tercera vía», aunque, entre nosotros, algunos que se dicen neo—liberales han encontrado en ellos una singular afinidad para compartir viaje hacia la nada ideológica. Se trata, supongo, de marear al pobre perro de Pavlov emitiendo señales contradictorias.

Hace falta, creo, mucho más que un cambio electoral o que una gestión eficaz de la crisis por un gabinete que parece desconcertado. En rigor, es hora de que se planteen en serio tres grandes retos, todavía pendientes. Dicho claramente. Primero: el Reino Unido no ha superado colectivamente el fin de la mentalidad imperial, aunque sigue practicando una inteligente política exterior que le lleva a ir sin reparos detrás de los Estados Unidos allí donde le lleven. Segundo: el Reino Unido no sabe (literalmente) qué hacer respecto de la Unión Europea, perpleja su opinión pública entre una antipatía invencible hacia la forma de hacer de sus socios continentales y una convicción racional de que no hay futuro lejos de la retórica de Bruselas. Tercero: el Reino Unido padece una suerte de desvertebración social, de manera que cada día se ensancha el abismo entre los residuos de una exquisita aristocracia, una clase media sólida pero desmoralizada y un creciente estilo plebeyo que impregna algunos aspectos, muy visibles, de la vida pública: hooligans intolerables, tabloides ridículos, turistas de alcohol y playa...

Pero, ¿es tan dramática la situación? El viajero toma el tren en Paddington no sin aprensión, porque, cuando le afecta a uno, no es fácil ser insensible ante los prejuicios inducidos por los sesudos críticos de los ferrocarriles privatizados por la señora Thatcher. El viaje no va tan mal. El tren cumple con puntualidad escrupulosa su horario. Tal vez los ganaderos no están contentos, pero la campiña luce su mejor aspecto en esta primavera (lluviosa, como siempre). La visita familiar a Downside School revela que la severa educación que imparten los benedictinos sigue produciendo frutos razonables. Hay tiempo para saludar en Bristol, en forma de estatua más bien discreta, al admirable Edmundo Burke y recordar sus consideraciones sobre el mandato representativo; y también para visitar en Bath los espléndidos baños romanos y el resto del patrimonio cultural de esta ciudad encantadora. De vuelta hacia Londres, es estupendo disfrutar en Oxford, en la casa de libros del señor Blackwell, con lo más selecto del universo oxoniense y es obligado recordar (cosas de la moda literaria) al infortunado Oscar Wilde y sus baladas, al pasar cerca de la cárcel de Reading: «mas todos matan lo que aman...escuchen bien lo que les digo».

No sé, hay crisis que más parecen falsos suspiros y aspavientos. El título inmortal de Jane Austen, que tomo parcialmente prestado, sigue siendo válido. Todavía hay esperanza para los anglófilos.