Brecht en Alcalá

HERMANN TERTSCH
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HUBO un tiempo en el que Stalin y Beria decoraban la puerta de Alcalá. Stalin y Beria, anotación pie de página, no eran gallegos ni extremeños ni madrileños. Tampoco eran personajes del género chico y Zarzuela inmensamente populares en la capital de la gran República impoluta que es el modelo que nos evoca el Gran Timonel. Aunque sí eran ambos, Stalin y Beria, patronos, amos y pagadores de algunos de los que por aquí imponían su lógica. Eran dos de los peores asesinos, propagadores del terror en el terrible siglo XX. Lo cierto es que sus seguidores entusiastas, que a la postre eran ínfima minoría, pusieron sus imágenes en la Puerta de Alcalá. Como es cierto que nadie fue a quitarlas aunque a muchos ofendieran. Como en San Sebastián sesenta años después, el pasado día del santo, el 20 de enero. Se pedía amnistía, es decir, impunidad, para quienes asesinan con la misma vocación aunque afortunadamente con menos medios. El barrio de Salamanca, sus habitantes, estuvieron bien quietos entonces, en 1937. Más o menos como los habitantes de la Parte Vieja de San Sebastián hace unos días. Nadie se levantó a protestar contra el insulto que supone ensalzar a asesinos. Stalin y Beria eran dos georgianos que sabían cómo tratar a la gente. Hicieron un tándem magnífico en la generalización del terror. Supieron generar una desconfianza entre la ciudadanía que quebró todos los recursos de la buena voluntad y la decencia en contra de su política criminal.

Yo, como podrán ustedes suponer, no estaba allí. Como no estaba la mayoría de los españoles que hoy viven y que desconoce que estos hechos se produjeran. Muy poco después, un par de años son una siesta, muchos españoles iban a Alcalá a clamar a favor de que triunfara Hitler en su intento de tomar Moscú. Algunos eran otros. Otros eran los mismos. Nos quedan pocos supervivientes de aquellas hazañas. De las odas a Stalin y los coros a Hitler. De quienes celebraban los éxitos del exterminio de los «kulakos» en Ucrania o los que aplaudían las ofensivas del genocidio nazi en todo el este de Europa como gesta cristiana. Queda por aquí alguno, muy protagonista, y hoy convertido en santo laico por el Gobierno que los españoles han elegido.

Eso es lo que nos debiera preocupar. Llegan momentos de emergencia en los que muchos no podrán permitirse el lujo de planteamientos morales a la hora de sobrevivir. Hablo de millones de parados que tarde o temprano perderán todo soporte y saldrán a defender su muy legítimo derecho a la supervivencia con modos y métodos que muchas veces no serán ni legítimos, ni legales ni morales. Pero ya dijo Bertoldt Brecht en unos años treinta del siglo pasado que cada vez son más actuales: «Zuerst das Fressen, dann die Moral» (Lo primero comer, después la moral). Curiosamente, trágicamente, los primeros en este dilema serán aquellos que desde el poder intentan rescatar o pretender una legitimidad que sus continuas estafas han puesto en duda. Y parecen ser ellos, que jamás han leído a Brecht, los que nos van a dar una lección de supervivencia. Propia. No van a ponernos una imagen de Stalin en Alcalá. Ni en la antigua checa de Fomento. Pero van a demostrar a todos los petimetres de este país que ellos saben defender su derecho a la zampa.