Mal, Borrell, muy mal

Una vez más, asistimos a la insoportable doble moral ideológica

Luis Ventoso
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En un país de Hispanoamérica, los servicios de seguridad de un dictador fascista detienen a un concejal opositor. No hay abogado para el preso, ni explicación alguna para su familia. El régimen lo encierra en la cheka más conocida del país. Allí lo interrogan, lo torturan y finalmente lo arrojan al vacío por una ventana. El régimen alega que fue un suicido. Pero la versión oficial es ridícula, toda vez que la víctima estaba enclaustrada a cal y canto en una zona sin ventanas.

El dictador fascista hispanoamericano no solo tira a los opositores por las ventanas. También los asesina en las calles: centenares de muertos y desaparecidos cada año, sobre los que la prensa internacional pasa de puntillas, o los ignora por completo. El dictador fascista hispanoamericano ha conseguido erradicar la democracia en su país, acogotando al Parlamento y suplantándolo por una pantomima bufa, diseñada a su medida y consagrada al culto al líder. La disidencia se paga con la cárcel o el cementerio. Además el dictador ultra ha resultado una peste para la economía. Con su torpeza tosca, grotesca, ha logrado el hito de una inflación de diez millones por ciento. Con sus recetas rancias ha conseguido un imposible: desabastecimiento, cortes de luz y miseria galopante en uno de los países con más reservas de petróleo del mundo. Ha destrozado a su nación por completo y cuatro millones de sus compatriotas han huido al exilio, escapando de la violencia y la falta de recursos.

Pues bien, con todo el terrible historial que pesa sobre el dictador fascista, y solo unos días después de que haya arrojado a un opositor por la ventana sin inmutarse, el ministro de Exteriores de España, el muy docto Josep Borrell, se presenta en Bruselas y pide a sus socios de la UE que abran «una facilitación del diálogo» con la bestia parda ultra que está masacrando a su pueblo. ¿Sería esto posible? Por supuesto que no. Como es lógico, al Gobierno de Sánchez jamás se le pasaría por la cabeza cometer la abominación de pedir «diálogo» con Pinochet, o con Jorge Videla, o con Alfredo Stroessner. ¿Por qué? Pues porque eran dictadores de derechas, que por lo tanto sí deben responder por sus crímenes. Por el contrario, Nicolás Maduro es un dictador de izquierdas, comunista, para más señas. Así que nuestro Gobierno súper progresista, aplicando su habitual doble moral, demanda diálogo ante unas salvajadas que lo habrían horripilado –con toda la razón– si fuesen cometidas por un dictador de ultraderecha.

Lastimoso Borrell, abogando por tender puentes de diálogo con un sátrapa que machaca a diario los derechos humanos y que solo ha traído pobreza, miedo y muerte a su país. Se nos apolilla el mito del ministro ponderado, aunque en realidad ya se había hecho astillas días atrás, cuando el supuesto paladín de la lucha contra el nacionalismo declaró que Cataluña es una nación y abogó por la libertad de los golpistas. El club Catamañanas del Correcto Credo se va quedando sin butacas para tanto socio.

Luis VentosoLuis VentosoDirector AdjuntoLuis Ventoso