Blanco y radiante

IGNACIO CAMACHO
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DE las ruinas del zapaterismo está emergiendo Pepe Blanco, quién lo iba a decir, como valido para escoltar y proteger a un presidente desnortado, superado por los acontecimientos y en sus horas más bajas. En un Gobierno quemado en pleno desbarajuste, presa del síndrome de burnout, el ministro de Fomento ha transformado su perfil de aparatchik partidista para vestirse con el traje de político de Estado; un proceso que retrata a una política y a un Estado en los que puede cobrar valor un dirigente sin formación académica cuyos méritos más estimables son una potente inteligencia emocional, una intuición natural para la propaganda, una notable capacidad de trabajo y un sensato reflejo de sentido común. En el erial achicharrado de una gobernanza sin rumbo, Blanco toma los mandos abandonados de la dirección socialista y le construye a Zapatero un andamiaje de emergencia para sostener lo único que queda de su proyecto: la fachada.

El equipo vicepresidencial es un trío de zombis. De la Vega ha perdido la confianza y vive al borde de un ataque de nervios, Chaves está en el umbral de la jubilación anticipada y a Elena Salgado le falta sintonía con el número uno, que la tiene desconcertada con sus bandazos de acróbata. En esos espacios sin ocupar se empieza a mover Blanco, favorecido por su dinamismo y su experiencia al frente del partido. Desde el Ministerio se está labrando una imagen alternativa a la del furioso azote sectario que los lunes bramaba contra la oposición y la maltraía a base de consignas y frases de laboratorio. El montaraz y belicoso Pepiño se ha transformado en Don José. Cuida a la prensa, traza consensos con los barones autonómicos del PP y adorna su retrato de eficacia con golpes de efecto como el de los controladores aéreos. El presidente confía en él porque forma parte de sus patas negras, domina la gestualidad publicitaria que es marca de la casa y aún conserva el control orgánico de un PSOE diseñado a su medida. Y además porque provoca en la derecha el suficiente rechazo para aglutinar a los suyos como un nuevo Alfonso Guerra.

Al encargarle coordinar su última ocurrencia, esa comisión anticrisis destinada a la muy zapaterista misión de aparentar soluciones, Zapatero le ha entregado una vicepresidencia de facto que permite efectuar proyecciones de futuro hacia la previsible remodelación del Gabinete en verano. Los especuladores de la capital hacen incluso prematuras cábalas sucesorias porque no hay nada que guste más en Madrid que remover intrigas. Lo cierto, lo constatable, es que el protagonismo de Blanco corre al alza y que crece su peso competencial como portavoz y escudero del presidente. Ha desplazado de golpe a De la Vega, Corbacho y hasta a Toño Alonso. Se le ve radiante, crecido en autoconfianza. Es de esa clase de personas que destilan por los poros su vocación de poder. Y detesta que le llamen Pepiño.