Bibliotecas

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Recuerdo muy claramente un artículo de Dámaso Alonso titulado «Mis bibliotecas». Lo escribió a raíz de su visita a los Estados Unidos, invitado por las principales universidades de la costa del este: Columbia, Princeton, Yale y Harvard.

Después de este viaje escribió su ensayo. Lo que le había sorprendido e interesado más no eran esos campus tan bien cuidados, ni los extensos campos de deportes, ni la cantidad de estudiantes en una mezcla racial aún no conocida en España.

Lo que le interesó más fueron las bibliotecas universitarias, dueñas de gran cantidad de libros bien catalogados y accesibles a los profesores y también a los estudiantes avanzados.

Menciono este dato porque mi impresión, muchos años antes, fue la misma. Educada en Madrid en la Institución Libre de Enseñanza, hoy destruida, y en el Instituto-Escuela, sabía lo que era una biblioteca. Hija de Luis de Zulueta, escritor e intelectual, viví siempre rodeada de libros y diccionarios, pero esas avenidas con estanterías metálicas para evitar incendios, el mayor peligro para una biblioteca, me parecían un sueño.

Cuando fui de Bogotá, capital de Colombia, a los Estados Unidos, iba llena de curiosidad. Había leído sobre cosas muy variadas, unas buenas y otras malas, como el racismo, pero no tenía la menor idea de cómo era una universidad de la categoría de Harvard.

Después que me instalé en un dormitorio de mujeres, me dirigí a la oficina en Radcliffe, (la sección femenina de Harvard en esa época) para matricularme y allí me dieron mi programa y una guía de la Universidad.

Allí en lugar principal estaba Widener Library, la famosa biblioteca. Cuando fui, me recibió un estudiante que me indicó la sala diminuta de lectura para las alumnas de Radcliffe, pero me dijo: «En tu caso, como graduada, puedes entrar en los stacks, (depósitos de libros) y me dio una llave. Están abiertos hasta la madrugada». No lo podía creer. Con mi llave en mano entré y vi el ascensor que subía y bajaba, pues muchos de los depósitos eran subterráneos.

Muchos años después, en Nueva York y profesora de la Universidad de la Ciudad, tenía también muchos privilegios como lectora en la gran biblioteca de la ciudad: New York Public Library, la Public, como la llamábamos.

Esa enorme biblioteca tiene bajo tierra más de cien kilómetros donde en estanterías metálicas se guardan millones de libros. El lector entra gratis. No piden ninguna documentación. Cualquier persona puede entrar desde la calle 42 o desde la Quinta avenida.

La Biblioteca Pública es la biblioteca central de la que dependen cientos de bibliotecas públicas gratuitas esparcidas por todo el estado de Nueva York. Pero hay también bibliotecas privadas, como la Society Library a la que pertenezco y que está cerca de mi casa en la calle 79 East. Es la biblioteca más antigua de la ciudad, fundada en 1754 cerca del puerto cuando Nueva York era aún un puerto holandés: Nueva Amsterdam.

Pero los ingleses no permitieron que los holandeses tuviesen ese puerto tan estratégico y lucharon contra ellos y los expulsaron de la ciudad que entonces cambia de nombre y se llama Nueva York Años después la colonia inglesa se hace independiente y es un nuevo país, los Estados Unidos de América.

La biblioteca sigue en la ciudad y va mudando de lugar conforme la ciudad crece. Su primer hogar es el Ayuntamiento, muy cerca del puerto. Va después a la calle Nassau.

De allí se traslada a Broadway con la calle Leonard, y después va a University Place, lugar donde está hoy New York University. Su final y quinto lugar es la mansión actual, el número 53 East de la calle 79.

Allí es donde yo voy a leer, a consultar enciclopedias a tomar notas para artículos y a ver las revistas de actualidad en un elegante salón de lectura.