Benedictinas (ii)

JUAN MANUEL DE PRADA
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OTRO de los pasajes memorables de Caritas in Veritate nos lo tropezamos hacia el final de la encíclica, en el capítulo que Benedicto XVI dedica a lo que podríamos denominar la idolatría de la técnica. Frente a la pretensión prometeica propia de nuestra época, que postula una libertad omnímoda en el dominio de la materia, deslumbrada por sus falsos prodigios, Benedicto XVI propone un desarrollo técnico en el que se confirme el dominio del espíritu sobre la materia, donde la libertad humana para mejorar las condiciones de vida, ahorrar esfuerzos o evitar riesgos esté precedida por la responsabilidad moral, por el reconocimiento del bien que la precede. Como decía el gran Leonardo Castellani, «la libertad no es propiamente un movimiento, sino un poder moverse solamente; y en el moverse lo que importa es Hacia Dónde; lo que determina el movimiento -dicen los filósofos- y lo hace chico o grande, bueno o malo, es el término dónde». Una libertad que no sabe hacia dónde va es peor que la ausencia de libertad, del mismo modo que la sofística es peor que la ausencia de filosofía o la superstición es peor que la ausencia de religión; y la idolatría de la técnica que hoy padecemos es una superstición en la que el hombre -nos dice Benedicto XVI- «se pregunta sólo por el cómo, en vez de considerar los porqués que lo impulsan a actuar».

Esta adoración de la técnica (que es, a la postre, «adoración de la criatura en lugar del Creador», como leemos en la Epístola a los Romanos) se está erigiendo en un nuevo «poder ideológico», una suerte de apriorismo que se antepone a la responsabilidad moral del hombre y le impide juzgar las consecuencias de sus actos, más allá de un «horizonte cultural tecnocrático». Las consecuencias de este absolutismo de la técnica, desligado de la responsabilidad moral, desligado de un necesario cauce humanista, las constata Benedicto XVI por doquier, con las consecuencias previsibles: «el empresario considera como único criterio de acción el máximo beneficio en la producción; el político, la consolidación del poder; el científico, el resultado de sus descubrimientos». Los gobernantes cifran la salida de la crisis en ingenierías financieras, en aperturas de mercados, en bajadas (o subidas) de impuestos y reformas institucionales; pero todas estas medidas meramente técnicas no logran solucionar el problema, porque, como nos advierte Benedicto XVI, «el desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada del bien común». Aquí resuenan tácitamente aquellas palabras del salmista: «Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los albañiles».

Ese mismo trabajo baldío, meramente tecnocrático, lo descubrimos en los empeños gubernativos por alcanzar una paz que no se sustenta en «valores fundamentados en la verdad de la vida», sino meramente en equilibrios diplomáticos e intercambios económicos. Lo descubrimos también en unos medios de comunicación que, a la vez que aumentan gracias al desarrollo tecnológico sus posibilidades de difusión, han extraviado su sentido antropológico. Y lo descubrimos, en fin, en el ámbito de la bioética, donde el absolutismo de la técnica alcanza su máxima expresión, rechazando una razón abierta a la trascendencia y atrincherándose en una concepción puramente materialista y mecanicista de la vida humana. Esta idolatría de la técnica, que cercena las posibilidades de crecimiento espiritual del hombre, que oprime el alma a la vez que alcanza cúspides de desarrollo material, está creando «una conciencia incapaz de reconocer lo humano», incapaz de «conocerse a sí misma y de conocer la verdad que Dios ha impreso germinalmente en ella». Está creando una época entontecida por la soberbia de la razón encerrada en la pura inmanencia; una época, en fin, inhumana.

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