Bárbara

Por Alfonso USSÍA
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Para celebrar no recuerdo qué, nuestros padres -los míos y de mis hermanos- nos invitaron a Londres. El Big-Ben acababa de anunciar el cumplimiento de las diez horas de la mañana cuando mi insignificante ser humano se topó, en Piccadilly, con una sala de cine erótico que proponía a los viandantes la sugestiva cinta «Una rubia en la playa». A principios de los años setenta, para un joven español reprimido y con acné juvenil, la proposición era sumamente tentadora. Diez chelines y a disfrutar del Séptimo Arte. La sala se hallaba casi vacía, y la película no defraudó mis expectativas. Al terminar la sesión se encendieron las luces y conté el número de espectadores. Sólo nueve. Tres de ellos italianos y los otros seis, incluyéndome a mí, españoles. Los seis españoles ocupaban localidades salteadas en diferentes filas, y casualidades de la vida, los reconocí al instante. Eran cinco de mis hermanos. Sin cita ni acuerdo establecido, todos habíamos coincidido allí. Los genes tiran, y en algunos casos, comprometen.

Cruzando la calle Piccadilly se ofrecían las «Burlington Arcade», donde se reúnen las tiendas mejor surtidas de corbatas de Londres. También «jerseys» y artículos de joyería, estos últimos menos apetecibles para seis jóvenes españoles recién salidos -y nunca mejor escrito- de una sesión de cine porno. Comentábamos nuestro casual encuentro y contemplábamos los escaparates cuando apareció, como una diosa distante y sublime, la más hermosa mujer jamás vista por nuestros ojos. Los seis hermanos, al unísono, le dedicamos una sutil reverencia de limpia admiración. Y ella nos regaló una sonrisa. Regalada la sonrisa, ingresó en una joyería. La perdimos para siempre.

La buena memoria de la vida se rejuvenece, en ocasiones, gracias a las noticias tristes. Me refiero al fallecimiento en Chipre del doctor Christiaan Neethling Barnard, el cirujano cardiovascular sudafricano que protagonizó el primer trasplante de corazón. La mujer que había roto los nuestros era la suya, Bárbara Zoellner, una alemana afincada en Ciudad del Cabo resueltamente divina.

La juventud es muy caprichosa cuando se pone a admirar. Mi admiración por el doctor Barnard nada tenía que ver con la ciencia, ni con su maestría y pericia en la cirugía cardiovascular, ni por sus trasplantes de corazón, que abrían las puertas de un tiempo de nuevas esperanzas. Yo le admiraba por su mujer. Un tipo con cuarenta años capaz de llevarse al huerto a una mujer como Bárbara Zoellner merecía una atención especial.

Cuando Sir Alexander Fleming visitó Madrid, rindió una visita a la Facultad de Medicina. Centenares de médicos y estudiantes le aclamaron en el Aula Magna. El inventor de la Penicilina -¿inventor o descubridor?-, leyó un discurso en español. Al finalizarlo, entre ovaciones, hizo una pelota con las cuartillas y la lanzó a una papelera sita a quince metros del estrado. Encestó limpiamente. Los estudiantes enloquecieron y a punto estuvieron de sacar a hombros a Sir Alexander. No por la Penicilina, sino por el enceste. La juventud es así, caprichosa, imprevista y desconcertante. Hace del grano de arena montaña altiva y de la más soberbia cumbre, sendero llano. Además, que tampoco hay que analizar con exceso las reacciones espontáneas.

Más tarde supe que Barnard se había divorciado de Bárbara Zoellner. A sus sesenta y seis años se casó de nuevo con una modelo de dieciocho, y con un apellido dificilísimo. Karin Setzkorn. Hace un año, con setenta y siete, se cansó de pronunciar el apellido de Karin y decidió recuperar la libertad. No ha muerto sólo el cirujano de las manos de oro, como era conocido. También ha fallecido el más competente seductor de mujeres del también finado siglo XX.

Sirvan estas líneas de elegía precipitada por su repentina ausencia. Los versos son para ella. Aquella bárbara Bárbara, aquella barbaridad de mujer, aquel junco bellísimo que se topó con mi acné juvenil en una fría mañana ya lejana de Londres.