Por fin el bachillerato zapaterista

VALENTÍPUIGEL nuevo bachillerato -suspender y pasar curso- se contrapone no poco

POR VALENTÍ PUIG
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EL nuevo bachillerato -suspender y pasar curso- se contrapone no poco a los objetivos de competitividad y capital humano. Eso no es nuevo, pero la reincidencia en el dogmatismo pedagógico lastra de nuevo la posibilidad de una dinámica social más vertebradora, meritocrática, con una mayor movilidad del ascensor social. El primer perjudicado del buenismo educativo es el alumno de más bajo nivel social. En su conjunto, toda la sociedad sufre ese impacto. Según el semanario «BusinessWeek», en los índices de competitividad mundial los Estados Unidos ocupan todavía el número uno, seguidos por los tigres asiáticos, que son Singapur y Hong Kong. En esa franja más competitiva están también Luxemburgo, Dinamarca, Suiza, Islandia, Holanda y Suecia. Por otra parte, las economías emergentes van superando la distancia. En crecimiento destacan China, Corea, Rusia y Rumanía.

Los datos proceden del «Manual de Competitividad Mundial», elaborado por una destacada escuela de negocios de Lausana. Entre los países estancados aparecen España, Finlandia, México, Brasil, Turquía y Suráfrica. Más pronto o más tarde, estas naciones perderán su posición en la competitividad mundial si no mejoran su actuación en términos totales, dice el informe, elaborado a partir de factores múltiples, como producto interior bruto, capacidad comercial, tasas de teléfono móvil y educación superior.

Incluso sin insistir en la desaceleración que algunos vaticinan, el actual crecimiento económico español no neutraliza datos como la fuga de la cantera científica o un esmirriado 1,13 por ciento de inversión en I+D. Algunos analistas anuncian el espectro del paro para 2009. Se acelera el déficit exterior. Según el FMI, nuestra productividad es baja. En general, ha sido intempestiva la crisis en organismos reguladores como la CNMV. En estas circunstancias, las modificaciones en el bachillerato introducen cierta entropía y ratifican una banalización de valores sustanciales, si es que nos mantenemos en la idea de que la competitividad requiere de la formación y de sistemas de aprendizaje avanzado y permanente. La formación del ser humano y del ciudadano son más que compatibles con mejorar la productividad y ser más competitivos. En España la productividad por hora trabajada ha ido descendiendo en los últimos años.

En algún momento, la Unión Europea intentará un despegue, y a los que se queden atrás les será más costoso que nunca ponerse al día. De momento, mejora el ritmo de actividad: se están revisando al alza las previsiones de crecimiento europeo. Aun así, en comparación con los Estados Unidos, queda mucho por invertir en «infraestructura científica», lo que los sabios de Lausana definen como un «mix» de educación superior, protección de patentes o inversión en I+D. La pauta, claro está, consiste en la economía de conocimiento.

Los antecedentes indican que la sociedad española tarda mucho en percibir los pros y contras de los cambios educativos. Llegado al poder, Zapatero borró de un plumazo las reformas de los gobiernos anteriores y reemprendió el camino del experimentalismo y la introducción de criterios laxos en la evolución de todo el sistema educativo. En la era del «chip», el ideólogo de la educación zapaterista todavía es Rousseau. Se confirma la anulación del sentido común en el mundo de la enseñanza. Calidad y exigencia no son veleidades de una utopía conservadora y autoritaria, sino el denominador común de las iniciativas y reformas que las sociedades abiertas emprenden en los Estados Unidos y en Europa.

No es estrictamente una cuestión de gastar más, sino de incentivar mejor, de claridad de objetivos y de prudencia metódica. Eso, desde luego, no se consigue permitiendo que los alumnos salten de un curso a otro sin un mínimo de conocimientos, en el descrédito de nociones como la disciplina y el esfuerzo, desprestigiando el afán y la ambición de saber. El igualitarismo lleva ganadas muchas fases de esa confrontación esencial. Con el nuevo bachillerato, la excelencia sale perdiendo una vez más. Los plafones y telones de fondo que a Catalina la Grande le permitían viajar por Rusia sin ver pobreza ni penuria hoy sirven para transitar por el sistema educativo español y no cerciorarse de los paisajes de un fracaso. El problema es que luego lo ven todo los analistas de Lausanna, los del informe Pisa y los expertos de la OCDE.

vpuig@abc.es