Autocrítica norteamericana

LOS Estados Unidos comienzan a ver su futuro en Irak de otra manera. Según pasan los días se hace cada vez más palpable que está cambiando el análisis que dibuja Washington sobre la situación iraquí

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LOS Estados Unidos comienzan a ver su futuro en Irak de otra manera. Según pasan los días se hace cada vez más palpable que está cambiando el análisis que dibuja Washington sobre la situación iraquí. Si pudiera formularse de algún modo habría que concluir que los norteamericanos están dispuestos -después de tres años y medio de mantener una costosa presencia física en el corazón del Oriente Próximo- a desandar el camino que los llevó hasta allí. Las últimas declaraciones de la Administración Bush lo demuestran: van perdiendo tintes ideológicamente «neocon» para adquirir perfiles más realistas, en la línea de las coordenadas pragmáticas que definieron la tradición diplomática norteamericana a partir de la Guerra Fría. Entramos por tanto en un «tiempo de ajuste», tal y como dijo Donald Rumsfeld al despedirse de las tropas norteamericanas desplegadas en territorio iraquí. Ahí están, si no, las insinuaciones de cambio de estrategia global planteadas por su sustituto en la Secretaría de Defensa, Robert Gates, tras conocer el contenido del informe de la Comisión Baker-Hamilton del Senado, o las advertencias hechas por el Pentágono de que es necesario replantarse el dilatado teatro de operaciones en el que se ven involucradas las fuerzas norteamericanas a lo largo y ancho de la geografía planetaria.

El rigor y la inflexibilidad con que la Administración Bush analizaba la situación iraquí han dado paso a un discurso más matizado. No sólo se admiten luces y sombras, sino también dosis crecientes de autocrítica acerca del planteamiento de conjunto que presidió el derribo de la tiranía de Sadam Husein. No cabe duda de que la victoria demócrata en las pasadas elecciones legislativas ha tenido mucho que ver en esta actitud. Sin embargo, es justo reconocer también que antes de que se produjera el varapalo electoral de hace un mes ya se escuchaban comentarios dentro de la propia Administración Bush que hablaban de la necesidad de cambiar el modelo de gestión del Irak pos-Sadam y de modificar buena parte del diseño estratégico de la política exterior norteamericana, especialmente en lo relativo al Oriente Próximo.

En realidad, lo que vuelven a poner de manifiesto los Estados Unidos es la enorme permeabilidad democrática de sus instituciones, así como la fortaleza de una sociedad capaz de hacerse escuchar por sus gobernantes cuando la política que aplican genera el rechazo de la opinión pública. Precisamente, una de las ventajas que tienen las sociedades abiertas es que pueden alterar sin grandes traumas las coordenadas de su política si ésta se percibe equivocada por los ciudadanos. Máxime cuando la propia ciudadanía, el Gobierno y el legislativo norteamericanos son plenamente conscientes de que su salida de Irak deberá hacerse de forma escalonada y manteniendo un fuerte compromiso político con el pueblo iraquí y su democracia. No habrá por tanto salida precipitada de las tropas, ni tampoco se dejará a los iraquíes a su suerte. Los propios ciudadanos norteamericanos son conscientes de que es hora de rectificaciones estratégicas, pero no de alteraciones en los compromisos asumidos por su Gobierno, sea del color que sea.