La audiencia

Por Jaime CAMPMANY
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Vivimos bajo una dictadura despótica y terrible. Vivimos bajo la dictadura de la audiencia. Los medios de comunicación, y muy especialmente las cadenas de la televisión, confeccionan sus programas según los condicionamientos que les dicta la audiencia. Se trata de halagar, y de captar, una audiencia que cada día está peor educada, precisamente por la propia televisión. En los programas televisados mandan unos telespectadores que han sido progresivamente educados en la zafiedad, en el mal gusto y a veces en las costumbres más abyectas. Ya no se trata de los ataques constantes a la moral, ni siquiera de envites continuados y crecientes a la ética. Se trata también de los destrozos causados a los más elementales principios de la estética.

Los telespectadores españoles estamos sumergidos en una ciénaga inundada por el mal gusto americano. Las tardes de la televisión se hallan plagadas de insoportables «reality shows» y de confesiones de famosos pagadas a tantos millones cada indignidad que se confiesa. El espectáculo de contemplar a seres humanos que desnudan sus intimidades más vergonzosas para ganar unas monedas, o para salir un rato por la pantalla, o para dirimir en público sus peleas de alcoba o sus riñas familiares, constituye escenas del más detestable teatro del mundo. Cónyuges o amantes, padres e hijos o hijas, hermanos, suegras o nueras, acuden a esos programas a recibir una limosna de notoriedad delante de las cámaras y de un público que goza con las desgracias o las desvergüenzas ajenas.

El «show» de esos famosos que adquieren fama sólo porque enseñan cómo se suben y se bajan del catre, o porque cuentan las historias de cuernos salomónicos que lucen ellos mismos o sus «parejas», o porque descubren cómo Fulanito encalomó a Fulanita, o cómo Menganita le hizo una «manuela» a Menganito, es una degradación sucesiva de las televisiones y de algunos otros medios de comunicación. Asombra y entristece pensar que medio país esté pendiente de lo que ocurre a un muchacho vulgar e ignorante, sin nada que decir, cuyos únicos méritos consisten en haber pasado por la Guardia Civil, y no de una manera muy honorable, por cierto, y por haberse casado con la hija de un boxeador y de una folclórica. Ni siquiera se trata de un «hijo de papá», sino de un «yerno de mamá». Y además separado.

Y luego, esos otros programas donde no acuden los «famosos» sino la pobre y hermosa gente del pueblo a gozar unos minutos de notoriedad a cambio de contarnos las miserias de sus difíciles o escabrosas vidas. Y allí, con tal de que todos escuchen sus razones contra otra pobre y hermosa gente, desnudan su alma y la dejan en paños menores o en pelota picada. Y los espectadores gozan y aplauden. Da lástima todo. Da lástima contemplar a los protagonistas y da pena contemplar a presentadores y presentadoras, tal vez periodistas, que es un oficio modesto e ingrato, excitando a esos penitentes de confesionarios a la vista y a los oídos del público. Hasta el espectador menos aficionado al deporte descansa y lanza suspiros de alivio cuando en la pantalla aparece un estadio y un partido de fútbol, un encuentro de tenis o de baloncesto, un concurso casi cultural, o una chorba o un maromo pegando gritos aproximadamente musicales.

El primer premio de esa televisión deleznable y detestable lo merece sin duda ese programa llamado «Gran Hermano». En su segunda edición, la «escuela de costumbres» de «Gran Hermano» ha llegado al límite de la abyección social y de la predicación del horterismo y de la grosería, tanto en las palabras como en los ademanes. Y lo peor no es que haya estallado ya algún brote de violencia. Lo peor es que uno sospecha que todo está previsto y buscado de antemano.